Comentario Bíblico Ciclo A

ASCENSIÓN DEL SEÑOR

“Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días…”

La ascensión de Jesús a los cielos que se celebra hoy, es la antesala al punto y final de la celebración de la Pascua. Durante algo más de cuarenta días, hemos rememorado en nuestra mente y corazón, como si de un gran eco se tratase, el momento en que Cristo fue resucitado, venciendo al pecado y la muerte. En la fiesta de la Ascensión recordamos que Jesucristo ya no está sujeto a las limitaciones propias de la condición humana: espacio y tiempo. Esta libertad de Cristo Resucitado respecto de las leyes físicas no supone desentenderse de los que aún estamos sometidos a estas limitaciones. Significa una implicación y cercanía de Jesús con nosotros tan íntima que no podría realizarse si aún estuviese limitado por vivir en un espacio concreto y en un tiempo limitado. La Ascensión nos recuerda que este es el tiempo que se nos ha encomendado a los cristianos para que contribuyamos a la extensión del reino de Dios.

En ocasiones, hemos escuchado a personas, incluso nosotros mismos lo hayamos experimentado alguna vez, quejarse de no haber atendido más a las explicaciones de un profesor que tuvo, no haber prestado más atención a las palabras de un padre o de no haber seguido los consejos de aquel amigo que bien nos quería. Es posible que en el momento en que los apóstoles comprendieron que Jesús se separaba físicamente de ellos también sintiesen ese desasosiego de no haber “aprovechado” más el tiempo que pasaron junto a él. Pero, nuevamente, Jesucristo se adelantó a sus sentimientos y se alejó de ellos dejándoles uno de los mensajes más esperanzadores que jamás haya escuchado la humanidad: “Sabed que yo estoy con vosotros todos los días”.

En nuestra tarea de vivir como cristianos en medio de este mundo, las palabras que Jesús dirigió a sus discípulos en aquel momento, deben convertirse en el motor que nos lleve a no olvidar que Jesús nos acompaña en el caminar de nuestra vida, pero, sobre todo, que nos lleve a recordar la necesidad permanente que tenemos de él. Jesucristo nos enseña y aconseja por medio de su Palabra. Es el mismo Jesús quien nos fortalece y sana por medio de sus sacramentos. Sería un gran error caer en la tentación de “desaprovechar” este regalo inmenso que él nos ha dejado; su presencia permanente en nuestra vida. Sería necio acordarse de la fortaleza que él imprime a nuestra vida cuando nos hayamos apartado tanto de él que lo sintamos lejano.

Contemplar la Ascensión Jesús no es resignarse ante la separación del ser querido. La Ascensión es experimentar el paciente amor que él nos tiene. Es lo más lejano a sentir la distancia de Dios.

Victoriano Montoya Villegas

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