Comentario Bíblico Ciclo C

JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO

Cuando es difícil confiar en las promesas

La Iglesia celebra hoy el final del año litúrgico. El trigésimo cuarto, y último, domingo del Tiempo Ordinario se celebra la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo.

Lejos de cualquier triunfalismo fácil, el fragmento del evangelio de hoy, nos presenta al Rey del Universo en un trono muy especial; la cruz. Y en lugar de aclamaciones, hay burlas y mofas. Pero las protagonistas son tres voces que lejos dejos del griterío de la multitud, resuenan en la intimidad del dolor. Dos de ellas corresponden a aquellos dos malhechores que crucificaron junto a Jesús. La tercera es la del mismo Cristo.

La primera voz corresponde a uno de aquellos hombres, exigiendo que Cristo ponga fin al sufrimiento que están pasando. Reclama a Jesús que demuestre que Él es Dios y los saque de aquella situación tan dolorosa.

Es admirable cómo aquella exigencia se repite en tantas ocasiones, incluso entre aquellos que afirmamos ser discípulos de Jesús. Cuando aparece la cruz en nuestra existencia, la primera reacción es acudir a Cristo a pedirle que manifieste todo su poder y la haga desaparecer instantáneamente. Reconocemos que en la cruz de Jesús está nuestra salvación y vida, pero olvidamos el valor redentor que tiene nuestra propia cruz, unidos a Cristo, y pedimos que nos la quite.

La segunda voz es la del otro ajusticiado. Recrimina la actitud de exigencia a Jesús y eleva su propia súplica: «acuérdate de mi cuando estés en tu reino».

La última voz es la de Cristo, quien responde a esta súplica manera contundente: «te lo aseguro, hoy estarás conmigo en el paraíso».

Para los que estamos acostumbrados a la inmediatez, a los que queremos soluciones rápidas y fáciles, aquellas palabras de Jesús pueden resultarnos insuficientes. Es más, pueden parecernos un simple consuelo basado en una promesa futura que busca alienarnos de la realidad. Tan acostumbrados como estamos a la seguridad de lo material, nos parece que la promesa de un futuro sustentado en Dios no es motivación suficiente para vivir nuestra existencia despegados de todos aquellos elementos en los que depositamos nuestra esperanza. Pero la tenacidad de la vida nos ha demostrado que las seguridades humanas se desmoronan cuando aparece el dolor, la tristeza, la muerte… Posiblemente, aquel hombre que estaba crucificado junto a Jesús fue mucho más listo que nosotros y puso su confianza en una promesa que era muy difícil de creer, pero llegó a comprender que cualquier palabra dada por Dios es más firme y segura que todas las fortalezas humanas. Por eso, aun sufriendo un dolor intensísimo y vislumbrando la muerte, su vida encontró el sosiego, la paz y la esperanza que hacen que una vida pueda ser vivida en plenitud.

Victoriano Montoya Villegas

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