Jesús García AízLa Mirada de la Fe

¿DE QUÉ NOS SALVA DIOS? (II)

Uno de los últimos estudios de la Fundación SM sobre jóvenes españoles arrojaba el dato de que solo el 28, 8 % de los jóvenes cree en el pecado. En nuestros días muchas personas se han instalado en una «cultura de la impunidad» y han declarado abolidos para siempre los pecados.

Para comprender lo que es el pecado, es preciso en primer lugar partir de la existencia de un vínculo profundo del ser humano con Dios. Fuera de esta relación, ser humano-Dios, el significado de lo que representa el pecado no puede conocerse en su verdadera identidad.

El pecado es personal y universal; no nos exculpa estar buscando continuamente chivos expiatorios en los demás, y justificaciones en el ambiente, la herencia, las instituciones, las estructuras o las relaciones.

Por eso, no es suficiente arrepentimos del mal que hacemos, y ni siquiera que Dios perdone nuestro pecado; necesitamos además que lo aniquile. El salmista, experimentándose a sí mismo incapaz de vencer el pecado porque sabe que «la tendencia del corazón humano es mala desde la juventud» (Gn 8, 21), pide al Señor: «Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme» (Sal 51, 12). Es muy significativo que utilice el mismo verbo hebreo (bará) empleado en el libro del Génesis para referirse a la creación del mundo: «En el principio creó Dios el cielo y la tierra» (Gn 1, 1).

La doctrina de la universalidad del pecado, sin embargo, no se debe separar de la conciencia de la universalidad de la salvación en Jesucristo. Si se aísla de esta, genera una falsa angustia por el pecado y una consideración pesimista del mundo y de la vida, que induce a despreciar las realizaciones culturales y civiles del hombre. Lo que supone la «salvación» del pecado es que no hay nada irremediable, ningún mal es definitivo.

El pecado es una falta contra la razón, la verdad, la conciencia recta; es faltar al amor verdadero para con Dios y para con el prójimo, a causa de un apego perverso a ciertos bienes. Hiere la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana.

El pecado es una ofensa a Dios: «Contra ti, contra ti solo pequé, cometí la maldad que aborreces» (Sal 51, 6). Pues el pecado se levanta contra el amor que Dios nos tiene y aparta de Él nuestros corazones. Como el primer pecado, es una desobediencia, una rebelión contra Dios por el deseo de hacerse «como dioses», pretendiendo conocer y determinar el bien y el mal. Y por esta exaltación orgullosa de sí, el pecado es diametralmente opuesto a la obediencia de Jesús que realiza la salvación (cf. Flp 2, 6-9).

Pues bien, de esta realidad que nos afecta cotidianamente nos salva Dios, claro está, si ponemos de nuestra parte y nos implicamos colaborando con Dios. Esto es lo que supone la victoria sobre el pecado: don y tarea.

Jesús García Aiz

 

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