Jesús García AízLa Mirada de la Fe

CRISTIANOS Y CIUDADANOS

Una vez hemos culminado el intenso periodo electoral de estos últimos meses, resulta interesante recordar que, en los años 60 y 70, los movimientos cristianos juveniles y universitarios albergaban un gran entusiasmo por el compromiso social y político, discutían acaloradamente las formas de participación política de los cristianos, cuál era su lugar y misión en la edificación de un mundo nuevo o de un mundo mejor.

Es verdad que hubo ambigüedades y desviaciones cuando la política se convertía no en una dimensión, sino en el centro y, en algunos casos extremos, en la totalidad, relegando a un plano secundario la función eminentemente espiritual de la propuesta cristiana. Pero también es verdad que hoy se corre el peligro opuesto: el de buscar solo una espiritualidad, diseñada al modo de un bienestar intimo o intimista, en el que la fe se vuelve un asunto privado, una gestión exclusiva del yo, donde las necesarias implicaciones históricas y colectivas no entran.

¿Será posible conjugar un gran amor por Dios con un gran desinterés por los hombres? La escasez del entusiasmo y de la presencia de los cristianos en las distintas dimensiones de la vida pública es un síntoma preocupante en la Iglesia.

El Dios en el que creen los cristianos planea sobre las cuestiones candentes de la historia: aparece claramente comprometido con la justicia y con un orden social de equidad, manifestándose a favor de los más pobres. La opción por los pobres, la opción preferencial por “los sin voz ni vez” se remonta al mismo Cristo, y resuena claramente en los textos de los orígenes cristianos. Como resume la primera carta de san Juan (1 Jn 4, 20): “Si uno dice que ama a Dios mientras odia a su hermano, miente; pues si no ama al hermano suyo a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve”.

La fe, para estar viva, tiene que aceptar el riesgo de ser una fe encarnada. El Evangelio, para estar vivo, tiene que ser recibido como palabra transformadora, como fermento en la masa. El cristianismo no coincide con ninguna realidad política, sino que en todas introduce una tensión de amor, de justicia y de verdad.

La especificidad de la experiencia cristiana no es traducible en un enunciado de ideas-fuertes, ni en un pensamiento, aunque estos existan. Lo que el cristianismo representa es una persona en carne y hueso, de quien se hace la más genérica e incisiva de las proclamaciones: “Ecce Homo” (He aquí el hombre).

Cualquier filosofía cristiana, por más inspiradora que sea, no se puede sobreponer a la autobiografía. Es una “historia de hombre” que el cristiano se propone testimoniar, explicitando la forma en que esa historia radical se cruza con la nuestra. No tenemos que seguir una idea, ¡tenemos que ser! El cristianismo es una cuestión de estilo, pues somos cristianos y ciudadanos.

Jesús García Aiz

 

 

 

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