La Mirada de la FeNoticias

CICATRICES, por Ramón Bogas Crespo

Tengo grabado a fuego en mi memoria los pies de mi madre ya mayor. Los dedos retorcidos como alambres por la artrosis, montados unos sobre otros en difícil equilibrio. No quedaba uno derecho. ¿Cómo podía seguir trabajando o haciendo las tareas del hogar? ¿Cómo se tendría en pie para continuar sirviendo a su familia? Y cuando pienso en ellos, en lugar de recordarlo como una imagen desagradable, me doy cuenta de que el amor “pasa facturas” y el camino de la vida, callos en los pies. Aquellos dedos han sido el resultado de 12 horas de pie cada día en una pequeña tienda de barrio, llevando a la vez la casa con cuatro varones y sacando tiempo, en sus ratos libres, para ser catequista y asistir cada domingo a misa.

¿Quién no tiene heridas en su historia? ¿Quién no se ha llevado decepciones? ¿A quién no se le nota en la cara o en el alma las arrugas de haber amado o perdido? Las heridas son fruto de las experiencias vividas, el precio de amar y ser amado (o no). Algunas heridas siguen abiertas. Son fruto de haberse sentido humillado, rechazado, traicionado, abandonado o simplemente no querido. Todos estamos llamados a la sanación emocional y en eso la fe tiene un poder curativo importante.

Otras heridas ya han cicatrizado. Han sido sanadas y eso nos hace más fuertes, sensibles y empáticos. Las heridas son una oportunidad para transformar el dolor en una mejor versión de nosotros mismos. Un ser humano con otra mirada sobre el mundo. Más sensible, más misericordiosa, sabiendo que todos hacen lo mejor que pueden según su trayectoria vital y su configuración personal.

En las apariciones, Tomás tiene dudas. Como tú y como yo. Y me sorprende que Jesús se aparece a los ocho días y no lo intenta convencer, no da argumentos. Tomás pide señales para creer y el Maestro lo único que hace es enseñarle sus heridas y su carne dolorida. “A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo a Tomás «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». (Jn 20, 25-31).

Sus heridas (como los pies de mi madre) son consecuencia del amor entregado. Y esa es la mayor prueba de la Resurrección. Heridas sanadas por el amor de Dios. También a nosotros nos surgen dudas. Nos duelen las heridas. Y hoy nos señalas a mirar las llagas del mundo, de tu cuerpo que es la Iglesia y las mías personales. Aunque nos resistamos y busquemos nuevas pruebas es ahí donde señalas y nos dices que creamos en ti porque estás vivo y resucitado.

Ahora hago silencio. Me fijo en mi vida. En las arrugas de mi alma o en los callos de mis pies. Y te pido que al final de la vida, y gracias a tu amor resucitado, lleguemos con las heridas de la vida convertidas en CICATRICES.

Ramón Bogas Crespo

Director de la oficina de comunicación del obispado de Almería

 

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