La Mirada de la Fe
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MERIDIANAMENTE CLARO
Me contaba un amigo jesuita que, viajando en coche por una larga carretera de Paraguay, tuvieron la impresión de estar perdidos. Cuando, finalmente, encontraron una gasolinera, pararon a preguntar: “-¿Vamos bien para nuestro destino?-”, y el paisano contestó: “-Si, pero ahora deben manejar en el sentido contrario unos 20 kilómetros, y coger la otra carretera-“. Dicen los que han vivido allí que, a los latinoamericanos no les gusta pronunciar el NO, porque suena demasiado rotundo y descortés. Aunque, mucho me temo que, en todos sitios, se necesita una guía para entender lo que significan las palabras del otro. Yo debo ser muy torpe (o varón), pero no entiendo cuando le digo a una colaboradora: “¿Qué te parece si te cambiamos a esta otra tarea?”. O a una amiga: “¿Quieres que te compre algo para tu cumpleaños?”. Si responden: “no me…
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ODIOSAS COMPARACIONES
La anécdota que os cuento hoy es muy buena. Fui a visitar a un amigo sacerdote, hace unos años, a un pueblecito de Granada. Antes de cenar me dijo: -“Vente conmigo a ver si ponemos entre los dos paz en una hermandad”-. El asunto disputado era el siguiente: Un grupo majo de hombres de campo habían fundado esa hermandad hacía 5 años. Con mucho esfuerzo, compraron una imagen y organizaron la procesión con notable éxito. Ahora quería apuntarse más gente, y los fundadores, indignados, querían cobrarle las cuotas atrasadas desde la fundación. Nosotros intentábamos, con distintos argumentos, persuadirles de las bondades de la acogida de nuevos hermanos, y que sólo deberían pagar la cuota anual. A la vista de su testarudez, les leí el texto de Mateo del domingo pasado: El propietario de una viña ajusta con sus trabajadores un…
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TODOS SOMOS EL MALO EN EL CUENTO DE ALGUIEN
Sucedía en este verano que ya acaba. Hacíamos una larga cola para embarcar en un aeropuerto europeo. Una pareja española estaba delante de nosotros. En ocasiones, hacían fotos o se distraían. La cola seguía y ellos se recolocaban en su sitio (delante de nosotros). Cuando tocó el turno para entregar las tarjetas, abrieron dos líneas y nos indicaron, en inglés, que pasáramos por ambas. Ellos estaban a punto de entregarlas, y mi compañero y un servidor, nos dirigimos hacia la nueva. En esto, escucho unos gritos: “¡Al final, os habéis colado!¡ya os vimos la intención y lo habéis conseguido!”. Yo me quedé realmente estupefacto. Prometo solemnemente que hacer trampas era lo más lejos de nuestra intención (además hubiéramos ganado 1 minuto). El resultado: nos habíamos convertido en los malos de su viaje. Dice la sociología que existe un mecanismo social…
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DE CHOTOS Y CORTIJOS
No olvidaré ese día. Salíamos de un funeral en mi primer destino y un hombre se me acerca en privado y me dice: “Don Ramón, tenga cuidado con los chotos y los cortijos, que se está poniendo muy gordo”. Aquello me cayó como una bomba, pero dio resultado. A partir de ese momento, me puse a hacer un poco de dieta, deporte y a seleccionar las ocasiones a las que acudía a una comida. Ahora explico el contexto: al cura joven llegado a una zona rural con ganas de agradar y estar con la gente le suelen invitar varias pandillas (casi a diario) a comer en cortijos y casas. Cuando menos te lo esperas, has cogido 10 kilos (tengo foto que prueba el “delito”). Aquel hombre, creo que sin saberlo, me “salvó” de una deriva poco saludable, y fue gracias…
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EL PERRO DE SAN ROQUE
El pasado 16 de agosto, me pillaba la fiesta de San Roque en Cebreros (Ávila), en el pueblo de mi amigo Óscar. Fui a misa (como buen cristiano) y el cura predicó sobre la vida de este Santo. Reconozco, como os pasa a la mayoría, que se me fue un poco el “santo al cielo” durante su predicación. En cambio, me quedé con la historieta que ya conocía: San Roque, animado por el deseo de servir a Dios en los leprosos, quedó infectado y se trasladó al monte. Allí, aislado y enfermo, cada día recibía la visita de un perro que le llevaba un panecillo y le lamía las heridas. Nuestra sociedad occidental está llena de perros. No hay más que echar un vistazo a parques, paseos, apartamentos… para darse cuenta que los perros ocupan un lugar singular en la…
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QUE NUNCA SE PONGA EL SOL ESTANDO ENFADADOS (Ef 4,26)
Me llamaba la atención, conversando con los padres de la primera comunión, que muchos de ellos sentían como dolor interno el “vivir permanentemente enfadados”. Gritar a los hijos, vocear a la pareja, ponerse como un energúmeno con el que está más cerca es algo que nos pasa a todos y, lamentablemente, todos los días. Además, tendemos a justificarlo: “tengo este carácter”, “el stress de la vida me hace pagarlo con los que más quiero”… son argumentos que damos para legitimar lo que a mi me resulta injustificable: vivir permanentemente en el enfado. Es cierto que mal humor tenemos todos, ratos en que se te cruza el cable o andas molesto por algo, incluso al quien tiene un buen carácter y casi siempre sonríe. Y no propongo una mansedumbre ciega. Hay situaciones injustas, golpes dolorosos, días raros… pero, estoy convencido que…
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UNO DE ESOS MILAGROS DIARIOS…
Hace un par de semanas, fui a Málaga a celebrar (sí, digo bien) el último ciclo de quimio de mi amigo Rafa. Llegué tarde y no pude almorzar con él, así que aparqué el coche y me tomé una cerveza con un trozo de pizza en un italiano pequeñito. Pasamos la tarde juntos, cenamos con algunos amigos y, a la mañana siguiente, me disponía a coger el coche de regreso, cuando… ¡Ay madre, la llave! Busqué a conciencia en la habitación y en la mochila sin éxito. Pensé que me la había dejado puesta, (a veces, me ocurre), llegué al coche con esa esperanza y… cerrado. Pensé en todas las posibilidades de cómo hacer llegar una copia de la llave. Me tendría que quedar un día más, incumplir mis compromisos para esa tarde… todo un lío. Por fin, tuve una…
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TODO UN EQUIPAZO
Seguro que habéis pensado alguna vez: “qué ganas tengo de irme a la luna. Y mandar a todos estos a tomar… AIRE”. Y es que la convivencia familiar, la vida con los compañeros de trabajo, los malos rollos de los grupos a los que pertenecemos, a veces, nos cansan, cuando no nos hastían. En cambio, es una obviedad que estamos llamados a vivir juntos, porque el ser humano tiene vocación comunitaria. Echo mano de mis conocimientos sociológicos, más específicamente, en la rama de recursos humanos, y os propongo hoy, en este artículo, algunas claves para saber trabajar en equipo. Conjugado en cristiano: saber vivir la alegría de la comunidad. La primera premisa de la que parto es que no es más sabio el que tiene muchos títulos, sino el que sabe trabajar con otros, vivir con los demás. De hecho,…
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INVISIBLES
Seguramente, os habéis dado cuenta: todos los días te levantas y quitas la mesa, o llevas el coche al taller, llamas diariamente a tu amiga o te callas para no discutir… Cuando un día no lo haces, te dicen: ¿Qué pasa hoy? Solo se han dado cuenta, cuando has dejado de hacerlo. Las otras veces, somos INVISIBLES. Nos acostumbramos a la ayuda de los demás (o se acostumbran a la nuestra) y parece que es algo natural, lo “lógico”. Dicen los expertos que el ayudador se hace invisible para la persona ayudada. No sólo eso, en algunos casos, el que recibe la ayuda puede convertirse en “tirano” para el ayudador. Sin duda, estos procesos se desarrollan en el subconsciente. Probablemente, si le preguntáramos a las dos partes, lo negarían rotundamente. Pero, mucho me temo que nos tomamos demasiadas licencias sobre personas…
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TRAMPAS AL SOLITARIO
Llegamos a casa un domingo por la tarde y pensamos: “Tampoco he comido tanto, y muchas cosas eran verduritas a la plancha. Además, luego nos hemos dado un buen paseo”. La cruda realidad: te has puesto “morao” a patatas con huevos y caminaste 100 metros, te sentaste en un banco y volviste. Me encuentro con unas amigas después de una tarde de centro comercial y comenzamos a charlar: “he comprado dos o tres cosillas, pero eran un chollo”. Lo triste realidad: “necesito comprar ropa que no me hace falta y busco siempre cualquier excusa para hacerlo. A la semana siguiente, me veo el armario lleno de cosas que ni siquiera llego a estrenar”. Así andamos todo el día, amigos, haciéndonos trampas al solitario. Recuerdo, cuando de niño, aprendí a hacer solitarios. Siempre me decía: “dos cartas más no pasa nada”.…
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