Jesús García AízLa Mirada de la Fe

ATERRIZANDO CON PROPUESTAS DE CONVERSIÓN PASTORAL (I)

De toda nuestra reflexión acumulada en las precedentes semanas, podemos llegar a algunas conclusiones prácticas en cuanto al acompañamiento de los procesos y al respeto debido al ritmo de dichos procesos, tanto de los que acaban como de los que comienzan.

En primer lugar, debemos ser conscientes de que los cambios de fondo, tanto en la sociedad como en la Iglesia, aunque algunas veces han comenzado desde arriba, no se hacen por decreto ley ni se imponen a todos en base a la autoridad que tengamos o a la que podamos apelar, ni siquiera, en el caso de la Iglesia, a la autoridad papal. Los cambios y el acompañamiento de esos cambios suponen un proceso en el que la pedagogía, la convicción, la autoridad moral y no coercitiva del líder juegan un papel fundamental.

Y como consecuencia, los procesos de cambio, para que sean auténticos y duraderos, aunque en muchas ocasiones partan desde alguna autoridad carismática capaz de suscitar consensos, necesitan que sus propuestas hundan sus raíces en los deseos de la mayoría. Por eso, en una institución como la Iglesia es necesario que los animadores de la pastoral seamos capaces de suscitar deseos de cambio en nuestras comunidades y en nuestros fieles. Y aquí el renovar es revitalizar.

Pero también es necesario que se dé un movimiento desde abajo, desde las bases, a partir del cual todos nos hagamos conscientes de que “las cosas no pueden permanecer igual” (cf. EG 26). Para, a partir de ahí, desarrollar y acompañar los procesos de cambio, tanto aquellos que tienen como meta última la conclusión de todo lo que hoy no responde a las necesidades actuales como aquellos que abren nuevos caminos para afrontar los retos del presente y del futuro.

Esta puesta en marcha y el acompañamiento de los diferentes procesos que se dan en nuestro entorno suponen una pedagogía del “saber hacer”, un arte en el que el respeto al ritmo impuesto por el contenido del proceso, por las personas que lo viven y por el contexto social en el que se desarrolla debe cuidarse de forma exquisita. Se trata de todo un arte que requiere sensibilidad, finura y cercanía.

En caso contrario, cuando faltan algunos de estos valores en los animadores de la comunidad y del pueblo, es frecuente que lo que se manifiesten sean miedos, resistencias, e incluso apelaciones a ideologías militantes que derivan en tristes enfrentamientos entre sus miembros. Por desgracia, mucho de esto es reconocible hoy en nuestros contextos social y eclesial, tan duramente fragmentados, ante lo cual no es suficiente con apelaciones a la unidad o a un teórico amor fraterno. Se trata, en definitiva, de saber renunciar a nosotros mismos, o a dejar de lado (o ceder) aquellos presupuestos del César para centrarnos en los asuntos de Dios.

Jesús García Aiz

 

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