Jesús García AízLa Mirada de la Fe

ANALIZANDO NUESTRO TIEMPO ECLESIAL (V)

Dadas las reflexiones (miradas) anteriores, nos encontramos, pues, enfrentados a un futuro incierto, del que no sabemos cuál será su desenlace en las próximas décadas. Mientras, no deja de ser curioso cómo algunos profetizan la desaparición del cristianismo en Europa, otros hablan de su emigración a otros continentes, y otros, los más radicales, consideran ya su desaparición definitiva, como ocurrió con otras religiones del pasado, en cuyo caso seríamos «los últimos de Filipinas», a los que se nos pide saber morir con dignidad y haciendo el menor ruido posible.

Y para evitar esta situación límite, algunos, en un empeño desesperado por mantener el cristianismo y la acción de la Iglesia a toda costa, optan, bien por un proceso restauracionista conservador, o bien por una adaptación del cristianismo de forma acrítica a las modas y a los «valores líquidos» de la sociedad actual a partir de un talante progresista y liberal, con el riesgo de disolución de su identidad.

En cualquier caso, nos encontramos enfrentados a la dura pregunta de si el Evangelio, tal como lo hemos vivido, puede seguir apareciendo en nuestra sociedad como Buena Noticia, como palabra inaugural que abre nuevos espacios y un nuevo horizonte para la vida o si, por el contrario, al haber estado ligado a una forma de vivir el cristianismo que decae, su futuro es disiparse, en cuyo caso todos los esfuerzos por remediar la situación resultarían vanos.

Sin llegar a posturas tan extremas, nos encontramos, en cualquier caso, ante una situación en la que no podemos mantener una política del avestruz, con un ir tirando a la espera de tiempos mejores, ni conformarnos con simples cambios cosméticos que no entren en el fondo de los problemas, sino optar por afrontar los cambios intraeclesiales deseables y necesarios.

Así, el mismo Papa Francisco nos invita reiteradamente a no resignarnos, con una pastoral de mantenimiento falta de creatividad, al «siempre se hizo así» (EG 33), sino a optar por nuevos caminos de renovación. ¿Hasta dónde deben llegar estos cambios? ¿Cuál es el margen que debemos tener a la hora de imaginar, de tener creatividad, y qué cambios reales podemos llevar a cabo? Estas y otras preguntas le surgen a cualquier miembro de la Iglesia, y especialmente a cualquier pastor, que se quiera tomar en serio la sacudida cultural y eclesial en la que nos vemos envueltos.

Pero este cambio en la acción pastoral que nos propone el Papa Francisco no puede dejarse a la improvisación ni a la creatividad salvaje, ni tampoco a dejarnos llevar por apetencias personales, presiones culturales o fundamentalismos más o menos velados, sino que necesita una reflexión profunda que nos permita una doble fidelidad: al Evangelio y al hombre de hoy.

Jesús García Aiz

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