Jesús García AízLa Mirada de la Fe

ANALIZANDO NUESTRO TIEMPO ECLESIAL (II)

Otro aspecto que manifiesta un cambio profundo en nuestra sociedad, y que afecta de lleno a los cristianos, es la disminución de la práctica sacramental, que va mucho más allá y es más profunda que la caída de la práctica dominical. Los datos sobre los sacramentos de la iniciación cristiana nos permiten reconocer que la dificultad de relevo no se da únicamente en los efectivos del clero, sino también en el pueblo cristiano. La comparación entre los nacimientos y los bautismos de niños nos permite tomar conciencia de ello. Y eso que aún son muchos los niños que se bautizan por contentar a sus abuelos y no, tristemente, por la fe de sus padres. Algo semejante arroja la comparación entre los datos de escolarización y las primeras comuniones.

Pero, sin duda, el sacramento que se encuentra más tocado, y en este caso entre los cristianos practicantes e incluso entre los cristianos comprometidos, es el de la reconciliación. Da la sensación de que muchos de nosotros no terminamos de encontrar caminos adecuados para celebrar la reconciliación con Dios y con los hermanos. Algunos, se han alejado de «la confesión» a causa de un abuso en la utilización de dicho sacramento en tiempos pasados. Otros abandonaron definitivamente esta práctica sacramental como consecuencia de una forma de vivir el catolicismo en la que la conciencia del pecado, la culpa y la reparación jugaban un papel desmesuradamente rigorista en la articulación de la vida cristiana.

Pero probablemente, más allá de la práctica sacramental, el indicador que mejor nos permite reconocer la realidad eclesial en la que nos encontramos inmersos es el de las dificultades para la transmisión de la fe a las nuevas generaciones y a la generación actual de jóvenes adultos ubicada en la indiferencia, como señalan los principales estudios sociológicos, tanto de jóvenes como de adultos.

Así las cosas, el historiador francés J. Delumeau, en décadas pasadas, reflexionaba así: “una religión hecha de ceremonias, de poder y de obligaciones se muere, sin duda, y tal vez felizmente. Pero comienza a nacer un cristianismo minoritario y adulto que encontrará en la unidad el sentido profundo de la llamada evangélica. La reflexión del historiador y la esperanza del cristiano se conjugan para mostrar que Dios, menos vivo en otros tiempos de lo que se ha creído, está hoy menos muerto de lo que se dice”.

Pues bien, en efecto, muere una forma de cristianismo, no sabemos si felizmente o no; en cualquier caso, con una agonía demasiado larga en la que muchas personas se agotan y se preguntan si habrá felizmente futuro o si no son tantas las resistencias y lo único que estamos haciendo es alargar un proceso agónico que no lleva a ningún sitio. Y ante este panorama solo cabe la esperanza mediante la ejecución de aquella famosa locución latina que dice “ora et labora”.

Jesús García Aiz

 

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