Jesús García AízLa Mirada de la Fe

AHORA EL MEJOR ABRAZO ES UNA ORACIÓN

El avance del coronavirus es el asunto inevitable para nuestra reflexión de hoy. En un instante de nuestras vidas, nos hemos visto invadidos por este desafío tan inesperado como pavoroso. Un verdadero peligro para muchas personas, fundamentalmente inmunodeprimidas, pero que también ha sido exaltado de más sobre todo por los famosos bulos (fake news).

Las medidas ejercidas en el estado de alarma ante el COVID-19, han dejado en evidencia el miedo que nos produce la soledad, el vacío que sentimos al no poder seguir la rutina de nuestro trabajo, el miedo que nos da permanecer unos días en el hogar, e incluso, debido a la desesperación que puede provocar el confinamiento, las dificultades para mantener un diálogo sereno y cordial con los miembros de nuestra familia.

Esta pandemia nos ha mostrado la cara oculta de esa conquista de la modernidad (de la que hablábamos en reflexiones anteriores) a la que habíamos llegado en este cambio de época. Quizás esta crisis sea una oportunidad para replantearnos tantas cosas en nuestra vida y proponer un orden social nuevo donde impere más la solidaridad que el negocio.

La Iglesia nos invita a vivir la Cuaresma como un tiempo de preparación de la Pascua del Señor y arrepentimiento a través del sacrificio, la oración y el servicio a los demás. Pero esta Cuaresma que nos ha tocado vivir, es también un tiempo de «cuarentena espiritual» en la que nos podemos alimentar de su Palabra, de la Palabra de Dios.

Con las medidas de distanciamiento social que se están imponiendo (escuelas clausuradas, procesiones suspendidas y templos restringidos o cerrados al culto público) los católicos necesitamos crecer espiritualmente. Sin duda, es una situación casi sin precedentes tanto de la sociedad como de la Iglesia en la historia contemporánea española.

Sin embargo, la fe nos dice que Dios nos habla a través de los acontecimientos de la historia, por ello, la aparición de algo tan insignificante como un virus puede ser considerado como uno de esos signos de los tiempos. Es un desafío para científicos y políticos. Pero es también una advertencia para creyentes y no creyentes. Ante un evento de esta magnitud todos podemos y debemos preguntarnos cuál es el sentido de la vida.

Aprovechemos este tiempo para profundizar en nuestra fe y amor a Jesucristo, a promocionar una verdadera iglesia doméstica buscando tiempos para la meditación de la Palabra de Dios, la comunión espiritual, el rezo del santo rosario y el seguimiento de la santa Misa por televisión, radio o internet. Se trata de hacer de nuestros hogares, un verdadero lugar de oración.

Aun faltándonos ese calor humano que desprende el encuentro y el saludo de un abrazo, sin duda, el mejor abrazo que podemos dar ahora mismo es una oración.

Jesús García Aiz

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