25 años acogiendo, enseñando y sirviendo en San Isidro de Níjar
Pasamos una mañana con las Mercedarias de la Caridad, que celebran un cuarto de siglo de presencia en esta tierra compartiendo la vida de la población migrante desde la enseñanza, la acogida y el Evangelio

Llego a San Isidro de Níjar y las hermanas me esperan en la puerta de la iglesia. Desde allí caminamos unos metros hasta una antigua escuela, cedida por la Delegación de Educación, donde cada día se imparten clases de español. Quizá sea aquí, entre pizarras, cuadernos y palabras aprendidas poco a poco, donde mejor se entiendan los 25 años que las Mercedarias de la Caridad llevan en esta tierra.
Las hermanas Francisca, Encarna, Estela y Consuelo forman actualmente la comunidad. Durante una mañana me enseñan lo que hacen, pero, sobre todo, me cuentan las historias que hay detrás. Porque una de las cosas que han aprendido en este cuarto de siglo es precisamente esa: detrás de la palabra «inmigrante» siempre hay una persona concreta.
«Cuando llegas, la realidad te da un bofetón impresionante», reconoce una de ellas. Pero después ocurre algo. Conoces a la persona, su historia, su familia, los problemas que ha dejado atrás y aquellos con los que se encuentra aquí. «La mirada cambia cuando llevas un tiempo. Ya ves a una persona, conoces su historia, su mirada, sus problemas y te la llevas al corazón».

Aprender a decir «llorar» y «reír»
Entramos en una de las clases. Hay turnos por la mañana y por la tarde porque aprender español continúa siendo una de las necesidades fundamentales de quienes llegan. No entender el idioma significa muchas veces no poder preguntar, buscar trabajo, hacer una gestión o, sencillamente, explicar lo que te ocurre.
Consuelo, una de las hermanas llegadas de Filipinas, está enseñando vocabulario. Entre las palabras de ese día aparecen dos verbos sencillos: llorar y reír. Entonces una de las alumnas interviene. Ella sabe bien lo que significa llorar. Cuenta que ha llorado mucho desde que llegó porque no sabía leer, no entendía español y no podía comunicarse. Ahora puede contarlo en castellano. Y también sabe lo que significa reír.
La escena dura apenas unos minutos, pero explica mejor que muchas estadísticas lo que ocurre cada día en estas aulas.
Las primeras hermanas que llegaron a San Isidro en 2001 comprendieron muy pronto la importancia del idioma. En aquellos años, marcados por la llegada de numerosos trabajadores migrantes para los invernaderos, la barrera lingüística era enorme. «Hay otro lenguaje que se entiende, que es universal, que es el amor. Pero necesitamos también la palabra», recuerdan. Y comenzaron las clases de español.
Aquellos comienzos fueron especialmente duros. Las hermanas conservan historias que hoy parecen difíciles de imaginar. Recuerdan cómo, en una ocasión, dos autobuses llegaron cargados de personas subsaharianas, abrieron sus puertas junto a la iglesia y allí las dejaron. De pronto había que responder a lo inmediato: comida, alojamiento, trabajo, aprender el idioma. Era pura necesidad.

Una bolsa de alimentos y mucho más
Seguimos la visita. La hermana Estela, peruana, me enseña el almacén desde el que atienden a las personas más vulnerables. Buena parte de los alimentos proceden de supermercados que los donan y después las religiosas los distribuyen entre quienes los necesitan. La atención se realiza por las mañanas, de nueve a una.
No hay grandes discursos. Hay bolsas de comida, conversaciones, nombres propios y preguntas muy sencillas: «¿Tienes trabajo? ¿Dónde vives?».
Para ellas, esa cercanía forma parte de su manera de entender la acogida. «Acoger es hacerle sentir que es una persona digna, como cualquier otra». Porque quien llega hasta aquí muchas veces lo hace, dicen ellas, «sangrando el corazón» después de abandonar su país, su familia y todo lo conocido para buscar una posibilidad de futuro.
A las clases y la ayuda alimentaria se suma el taller ocupacional y, sobre todo, ese acompañamiento difícil de contabilizar. Preguntar cómo estás. Escuchar. Mirar a los ojos. Saber si alguien ha encontrado trabajo o si continúa durmiendo donde puede.
Las religiosas reconocen también que los años pasan y las fuerzas son menores. Por eso ha sido fundamental la colaboración de muchas personas y comunidades religiosas de Almería. También llegan grupos de jóvenes voluntarios de colegios durante el verano y la Semana Santa. Estos 25 años no los han construido solas.
La fuerza para seguir
Hay otro lugar al que las hermanas vuelven cada día y que no aparece en ninguna estadística de su trabajo: la iglesia. Me cuentan que algunas veces van a la Eucaristía diaria y apenas están ellas y una persona más. Podría parecer poca cosa. Para ellas no lo es. Es precisamente ahí donde encuentran la fuerza para volver después a las clases, al almacén, al taller y a las historias concretas de quienes llaman a su puerta.
Su trabajo no nace únicamente de una preocupación social. Nace de la fe. Las Mercedarias hablan de «caridad redentora» y saben que el único Redentor es Jesucristo. Su manera concreta de vivir ese carisma aquí pasa por algo tan sencillo y tan exigente como «devolver dignidad a las personas» y ponerse a su servicio desde sus propias posibilidades.
Después de tantos años, además, aseguran que han recibido mucho de aquellos a quienes vinieron a ayudar. Especialmente una cosa: esperanza. «Esperanza contra toda esperanza». Les sorprende la capacidad de afrontar la distancia, la precariedad, el dolor e incluso la muerte de algún familiar lejos de casa.
Y también esa forma humilde de agradecer. A veces alguien vuelve con una bolsa de tomates que le ha regalado el dueño del invernadero y quiere compartirla con las hermanas. O simplemente aparece una sonrisa.
Ahora celebran sus bodas de plata en San Isidro. Lo harán con la comunidad cristiana, con los niños, con los laicos vinculados a la congregación, con quienes han colaborado durante estos años y también con hermanas que pasaron por aquí y regresarán para la celebración. El domingo será el día central, con la Eucaristía y un encuentro festivo y cultural.
Cuando les pregunto por los próximos 25 años, no piden grandes cosas. Quieren nuevas vocaciones y fuerzas para continuar, pero desean sobre todo que su tarea pueda ir cambiando: que llegue un día en que no sea necesario limitarse a entregar alimentos porque quienes llaman a su puerta hayan encontrado verdaderas posibilidades para construir su propia vida.
Al terminar la mañana vuelvo a aquella clase de español. A una pizarra y a dos palabras que Consuelo intentaba enseñar: llorar y reír. Una mujer que llegó sin entender nuestro idioma pudo explicar que sabía muy bien lo que era llorar. Y ahora también podía reír.
Tal vez el Evangelio suceda muchas veces así, sin demasiado ruido. Cuatro religiosas, una escuela prestada, unas bolsas de alimentos, una Eucaristía casi vacía y alguien que aprende a pronunciar una palabra nueva.
Y en medio de todo eso, Jesús sigue haciendo su pequeño milagro: que quien llegó llorando encuentre unas manos que lo acojan y, poco a poco, vuelva a tener motivos para reír.
Ramón Bogas Crespo, Delegado episcopal de Medios de comunicación













