Jesús García AízLa Mirada de la Fe

70 VECES 7

La experiencia humana nos enseña que, de la misma manera que en nuestras casas producimos residuos materiales, a veces también generamos residuos en nuestra relación con los demás. Los residuos materiales producen efectos negativos y por eso los tiramos a la basura. Pero a veces guardamos los residuos generados en nuestras relaciones y con el tiempo degeneran en resentimientos.

El resentimiento es el peor de los residuos emocionales porque se produce a partir de unas heridas internas no curadas que nos hacen revivir constantemente alguna experiencia dolorosa del pasado, resultando ser el resentimiento profundamente corrosivo. Aquel hecho negativo ya no existe, pero le damos permiso para que nos siga afectando.

Y ante el resentimiento reaccionamos de diversas maneras. Una de ellas consiste en proponernos olvidar el dolor del pasado mediante un acto de voluntad. En la práctica es una reacción que rara vez funciona porque, cuanto más nos empeñamos en olvidar algo, más lo recordamos. Otra reacción se produce cuando no solo no rechazamos el pensamiento negativo, sino que lo acogemos y así revivimos la mala experiencia del pasado con todos sus detalles. Es como la acción de hurgar en una herida física. No solo no se cura, sino que se agranda y puede incluso derivar en una gangrena.

La actitud correcta es aquella que no pretende ignorar la realidad del dolor vivido pero que tampoco lo guarda y le da vueltas. La superación de esta paradoja pasa por la actitud de permitir que los malos recuerdos del pasado puedan venir cuando quieran siempre que, como reza la expresión popular, «entren por una puerta y salgan por la otra» porque somos conscientes y dueños de nuestra propia libertad y por tanto asumimos que ya vivimos en otro momento, que es el presente, y lo hacemos de una manera positiva y asertiva.

Somos conscientes que hemos tirado a la basura los residuos del resentimiento cuando aprendemos a poner barreras a las patologías de las agresiones que vienen de los demás sin caer en la trampa de condenar a las personas o, dicho en el lenguaje evangélico, cuando amamos a las personas, pero nos defendemos de sus patologías. Así, aprender a eliminar resentimientos es fundamental para vivir en paz y experimentar la alegría de la vida diaria.

Poner en práctica esta actitud no es fácil ciertamente, pero como todo en la vida, con la ayuda de Dios, es cuestión de proponérnoslo una y otra vez hasta que se convierta en una sana rutina. En efecto, esto de hacer limpieza y curar resentimientos parece resultar una buena herramienta para liberarnos y llegar a cumplir aquello del «70 veces 7».

Jesús García Aiz

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