Comentario Bíblico Ciclo B

XXXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO «A Dios le agradan los que dicen sí y hacen sí»

«¿Qué mandamiento es el primero de todos?». Esta pregunta, puesta en labios de aquel escriba, es la que desencadena una de las enseñanzas más importantes de todo el evangelio. Es cierto que el término «mandamiento» no es una palabra que hoy goce de gran popularidad, a muchos les crea desazón ya que normalmente identificamos los mandamientos con una orden o precepto, que alguien nos da, y que nos obliga. Lo cierto es que en el Nuevo Testamento nunca tienen este matiz, sino más bien aparecen como una invitación, los mandamientos no son imposiciones, no se ama por decreto, sino por una decisión libre que responde a lo que somos. Visto así, los mandamientos se convierten en un encargo, por parte del Señor, para vivir y anunciar aquello que creemos, y que nos edifican como personas y discípulos.

Y, ¿cuál es el principal de todos? La pregunta del escriba nace de una necesidad sentida en la época de Jesús. Entonces había una cantidad de leyes y preceptos –hasta 613- que impedían ver con claridad lo que era realmente importante. Era tal la complejidad de esta lista, que el pueblo sencillo no podía cumplir con un sistema tan costoso, de ahí la necesidad de conocer cuáles eran los más importantes. Y Jesús responde resumiéndolos todos en un único mandato: amar a Dios y al prójimo de forma inseparable. El Señor no se anda con rodeos, lo único que cuenta es el amor. Es éste el único criterio para poder discernir quien pertenece al Reino de Dios. Por eso Jesús le puede decirle a aquel escriba que está cerca de Dios. Es curioso, cuanto más cerca estamos de nuestros hermanos más cerca estamos de Dios, y al revés, cuanto más nos acercamos a Dios, más sentimos al prójimo como hermano. Sin duda, aquí está la gran originalidad de este mandamiento.

Reflexionamos y teorizamos mucho sobre el amor, pero no siempre es el motor de nuestra vida cristiana. Cuando predicamos mucho de amor, pero luego no lo vivimos, termina por convertirse en una palabra hueca, vacía. Es el peligro constante de una fe tibia y “académica”, que termina por instalarnos tan cómodamente, que nuestra vida no se ve afectada por nuestra relación con el Señor. Una fe convertida solo en costumbres, una manera de vivir la fe hinchada de palabras, pero vacía de hechos convincentes. A Dios le agradan los que dicen sí y hacen sí.

Hoy nos recuerda el escriba que «el amor a Dios y al prójimo vale más que todos los holocaustos y sacrificios». Andamos tan ocupados en cumplir las normas, distraídos en tantos proyectos y programaciones, que podemos olvidar lo esencial, por eso decía San Agustín: «ama y haz lo que quieras. Si callas, callarás con amor; si gritas, gritarás con amor; si corriges, corregirás con amor; si perdonas, perdonarás con amor. Si tienes el amor arraigado en ti, ninguna otra cosa sino amor serán tus frutos; y este amar sin poner fronteras no es opcional, forma parte del núcleo más original de la predicación de Jesús. Es en el amor donde nos jugamos la credibilidad.

Francisco Sáez Rozas

Párroco de Santa María de los Ángeles

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