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SOLEMNIDAD DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO, por Ramón Carlos Rodríguez García

Los pobres serán nuestros jueces

Lecturas: Ez 34, 11-12. 15-17. A vosotros, mi rebaño, yo voy a juzgar entre oveja y oveja. Sal 22. R. El Señor es mi pastor, nada me falta. 1 Cor 15, 20-26. 28. Entregará el reino a Dios Padre, y así Dios será todo en todos. Mt 25, 31-46. Se sentará en el trono de su gloria y separará a unos de otros.

Hemos encendido nuestras lámparas con un aceite que ya no olvidaremos. Hemos rescatado el “talento” y lo hemos puesto en valor…no pensamos sólo duplicarlo, sino que ansiamos quintuplicarlo a ser posible. La Palabra de estos domingos encienden en nosotros el deseo de entrar en el gozo del Señor y sumarnos al banquete nupcial que no ha de cerrar sus puertas jamás. La celebración eucarística nos prepara para vivir nuestra fe en medio de un mundo que anhela conocer a Jesucristo en lo más profundo de su corazón ¿Sabremos compartirlo? ¿Sabremos anunciarlo? Esta solemnidad del Señor viene cargada de sabrosos encargos. No por necesarios más sencillos. Responsabilidades que comprometen toda nuestra vida.

El Evangelista pinta para nosotros otro juicio final, utilizando como fresco, la Capilla Sixtina de nuestras entrañas. Quizás alguien espere cataclismos incesantes o una puesta en escena que pretenda saciar nuestra imaginación de tantas profecías apocalípticas siempre sin cumplir. Lo que encontramos sin embargo es una muchedumbre que estuvo sedienta, hambrienta, desnuda, presa, forastera…abandonada. Aquellos que no apartaron sus ojos ni encarcelaron su corazón, aquellos que permitieron que sus manos abrazaran al prójimo necesitado, son los mismos que sin saberlo atendieron a Dios que se vuelve menesteroso y hambriento de amor.  “Creo que no hay una frase en el Evangelio que me haya causado más profunda impresión y haya trasformado más mi vida que ésta: Conmigo lo hicisteis” (San Carlos de Foucauld).

En muchas ocasiones hemos tenido que examinarnos, como poco del carnet de conducir…o de cualquier otra cosa. ¡Cuántos esfuerzos y sinsabores! ¡Cuántas horas! Puede que hayas pensado que era muy importante sacar adelante la prueba con los mejores resultados. San Juan de la Cruz nos propone el gran examen, el más importante, aquel en el que al final de la vida, Jesús y los pobres nos examinarán del amor derramado como bálsamo que alivia el dolor de los hijos de Dios.

Ramón Carlos Rodríguez García

Rector del Seminario

 

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