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PARA SIEMPRE, por José María Sánchez García

Una característica que distingue al verdadero amor es esta: es para siempre. En este Jueves Santo así lo aprendemos de Jesús, nuestro Señor. Él cambia el curso de la historia, la lógica del pensamiento, el criterio para ver a los demás y afrontar la vida, desde el amor. Si el epicentro del Evangelio es la celebración de estos días pascuales, de Pasión, Muerte y Resurrección del Señor, el núcleo de esta experiencia se condensa en el amor, el de Dios a la humanidad manifestado en Cristo.

En el marco, adelantado, de la solemne cena pascual judía, que trae a la mente y al corazón notas de libertad, alianza, dignidad, promesas, Jesús conduce todas estas realidades antiguas a su plenitud. Su entrega sacramental en la institución de la Eucaristía, lugar de su presencia real por antonomasia, en palabras del Concilio Vaticano II, hace presente la acción salvadora de Dios por el amor, un amor que se hace profundamente humano. Imagen de este amor que se hace patente, pues es Jesús mismo quien lo entrega ayer, hoy y siempre, es el sacerdocio ministerial y el mandamiento del amor, la caridad. Lo afirmó S. Juan María Vianney: “el sacerdocio es el amor del corazón de Jesús”. En este Jueves Santo los sacerdotes pedimos que recen por nosotros y nos felicitamos, pues somos conscientes del inmerecido don que Dios nos ha confiado por medio de su Iglesia. El sacerdocio ministerial sostiene la vida de la Iglesia al ser el cauce de la gracia sacramental. Tenemos la encomienda y la gracia de hacer presente a Cristo al realizar en su nombre los sacramentos y guiar como pastores, a imagen del buen y único Pastor, a las comunidades que se nos confían. Esta misión que se traduce en servicio a Jesucristo y a su Iglesia solo puede sostenerse en la oración y en la profunda comunión de vida con Jesucristo; así, nuestra vida expresará lo que llene nuestro corazón sacerdotal, cuya fuente es la Eucaristía. De este amor derramado abundantemente por Jesús para la salvación del mundo, que se hace alimento y se nos da en el pan y el vino eucarísticos, brota como consecuencia un cauce concreto de vida: el mandamiento del amor. Es la intención manifestada por el Señor en el Evangelio: “Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado” (Jn 15,12). De la comunión con Él se edifica la comunión con la Iglesia, y esta experiencia de nueva fraternidad se extiende a toda la humanidad, con vocación católica, universal.

La imagen que San Juan nos presenta en el lavatorio de los pies es siempre impresionante y una llamada de Jesús: amar a Cristo, como Cristo y en su nombre, contemplando su rostro en cada persona que Dios pone a nuestro lado, especialmente en los más humildes y necesitados. En este Jueves Santo dejemos que Cristo nos enseñe a amar “contemplando su ejemplo para que podamos seguir sus huellas” (1Pe 2,21). Un amor como el suyo: un amor divino que se traduce en lo humano dando la vida, un amor que es para siempre.

José María Sánchez García

Sacerdote y párroco de Adra

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