Comentario Bíblico Ciclo B

DOMINGO II DE PASCUA

Este segundo domingo de Pascua celebramos la Divina Misericordia. San Juan Pablo II acogió así el deseo de tantos creyentes que querían contemplar y experimentar, desde la liturgia, la misericordia divina, que transforma la vida de quien se abre a su acción.  La imagen de la Divina Misericordia se inspira en la presencia de Jesús Resucitado en el cenáculo, que nos narra el evangelio de hoy, donde les hace sentir su salvación y, a la vez, los capacita con el don del Espíritu para llevar esa misma misericordia perdonando los pecados.

En el relato nos encontramos con los discípulos asustados, «en una casa con las puertas cerradas por miedo a los judíos» (Jn 20,19). No es difícil ponerse en su situación e imaginar en ellos sentimientos encontrados. Por una parte, habían visto morir a su maestro, y por otra parte, algunas de las mujeres les dijeron que el sepulcro vacío. Así nos los presenta el evangelio de hoy: una comunidad con miedo, sin ilusión ni horizontes. En medio de su situación real se hace presente Jesús resucitado. Ciertamente, el evangelio nos enseña que toda comunidad cristiana se construye poco a poco, desde sus limitaciones y pobrezas, pero alrededor de Jesús resucitado.

Su presencia es un testimonio palpable de que la vida ha triunfado sobre la muerte, sus cinco llagas, signos de dolor, anuncian que el mal no tiene la última palabra. Aquel encuentro no quiere ser solo un «detalle» del Señor con ellos, para calmar sus miedos, sino una llamada a que sean testigos de esa misericordia de Dios, con sus palabras y con sus vidas, «cómo el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Recibid el Espíritu Santo» (Jn 20,12). Es pues necesaria esta experiencia de encontrarnos con el Señor, ya no somos maestros teóricos de un mensaje que nos hemos aprendido, sino testigos de lo que celebramos y vivimos. Para eso nos ha fortalecido con su Espíritu.

No obstante, la escena no está completa. Falta la presencia de Tomas. Él quiere ver y tocar. En el debemos vernos, con nuestras dudas, y con nuestras ganas de creer al mismo tiempo. Tomás fue el último en llegar, pero llegó. Y él experimentó que Cristo también acoge a los que vacilan, a los que avanzan cansados en medio de la tiniebla. A pesar de su debilidad, se sintió amado, comprendido e incorporado de nuevo.

Estamos invitados a reconocernos en la trayectoria de aquellos discípulos. Nosotros también esquivamos la cruz, hemos cerrado las puertas frente a cualquier riesgo, permanecemos acomodados, anestesiados por rutinas y miedos. Tocar las heridas del resucitado quiere decirnos hoy que, para ser testigos del Señor, no basta con creer sin ver, también es necesario amar sin regatear, porque es el amor el que vence a la muerte. Es esta nuestra alegría. Por eso, a pesar de todas las cicatrices de nuestro mundo, insolidario, descreído y violento, nosotros hemos de decir: Hemos visto al Señor.

Francisco Sáez Rozas

Párroco de Santa María de los Ángeles

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