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HOMILÍA EN LA ORDENACIÓN PRESBITERAL DE MANUEL PIEDRA Y DIACONAL DE EDUARDO HENRÍQUEZ

LECTURAS: Jer 1, 4-9 A donde yo te envíe, irás; Salmo 115116 El Cáliz que bendecimos es la Comunión de la Sangre de Cristo; Hb 5, 1-10 Cristo… sumo sacerdote según el rito de Melquisedec; Jn 10, 11-16 El Buen Pastor da la vida por las ovejas

Queridas familias de Manuel y de Eduardo (la tuya, Eduardo, hoy especialmente, estamos unido a Panamá y la tenemos muy presente en nuestro corazón). Queridas parroquias que han seguido vuestras vidas, todas ellas, las que os vieron crecer en la fe, en el Alquián (que mañana hace 50 años de su creación, y tú, Manuel, eres su primer sacerdote, o en la de san Vicente de Paul de la ciudad de Panamá) y las que os acompañaron en la tarea pastoral Vélez Rubio y la Pastoral Vocacional, a ti Eduardo y la de Laujar de Andarax, Bayárcal, Paterna del Río, Fondón, Fuente Victoria, Benecid, Alcolea, Darrícal y Lucainena y a todos vuestros párrocos. Saludo también a los distintos representantes de vuestros ayuntamientos, de Almería y de todos los pueblos que he mencionado. Una mención agradecida a vuestros profesores, rectores y formadores, en la etapa de formación. Sr. Rector y Seminaristas de Almería y de Murcia. Sr. Deán y Cabildo (especialmente en esta efeméride de los 500 años de la primera piedra de nuestra Catedral). Vicario General, Vicario de Pastoral y Evangelización, Consejo de Gobierno, hermano Juan Antonio Cruz, sacerdotes (especialmente saludo a nuestros hermanos de África, América y Asia, que nos estáis ayudando este verano). Queridos diáconos y diáconos permanentes, religiosas y religiosos de la vida consagrada, representantes de las Hermandades, Jóvenes de la JMJ (los de la Delegación de la Pastoral Juvenil y los de las Comunidades Neocatecumenales), hermanas y hermanos de esta iglesia apostólica que ha seguido, hasta nuestros días, la misión evangelizadora de San Indalecio y que hoy, especialmente, se siente orgullosa y esperanzada. Todos nos felicitamos porque el Señor ha estado grande con nosotros.

Querida comunidad, cuando escucháis la palabra ORDEN u ordenación, ¿en qué pensáis? ¿en un mandato? ¿o en el equilibrio de las cosas, las ideas o las personas? Posiblemente tiene algo de todas estas cosas. El Señor nos ordena “id y proclamad, evangelizad a todos los pueblos…” y por otra parte su Espíritu nos recoloca de una manera ordenada, según su Palabra, nuestra vida para una misión.

Las lecturas que habéis elegido para vuestra ordenación nos dan las pistas sobre el sentido de lo que ahora estamos celebrando. En ellas hay un denominador común: la obediencia y el sufrimiento… por la entrega existencial a los demás.

Cuando escuchamos la lectura del comienzo del libro del profeta Jeremías, siempre nos sentimos reconfortados y se nos conmueve el corazón, pero no olvidéis que después de este prólogo de confianza serena viene todo el sufrimiento que le acarreó haber obedecido la orden del Señor. Jeremías sufre por la ruina de su pueblo, por las injusticias de los dirigentes, por la falta de sentido, por la desesperanza… Podemos resumir el camino con una serie de palabras: idolatría, cárcel, lágrimas, circuncisión del corazón, celibato… en definitiva la CONVERSIÓN con mayúsculas. En el último versículo de este primer capítulo dice el Señor: lucharán contra ti, pero no te podrán porque yo estoy contigo para librarte (v.17). Si leéis al profeta de un tirón y no mantenéis la confianza en Dios es como para desapuntarse. Pero habéis sido preparados para beber del Cáliz del Señor, texto con el que iniciamos el salmo 115, a modo de respuesta al salmo responsorial.

Este cáliz de bendición ¿no es la comunión de la sangre de Cristo?, -y sigue san Pablo a los corintios- este pan que partimos ¿no es la comunión del cuerpo de Cristo? Nosotros formamos un solo cuerpo pues todos comemos de un mismo pan (1Cor 10,16-17). ¿Qué responsabilidad tiene un diácono o un sacerdote en esta comunión que ha servido de antífona al salmo? Hablar de comunión es hablar de Comunidad, ¿es que no comulgamos también para eso? ¡Para estar unidos!

Vuestra ordenación de hoy os hace estar con Cristo en Getsemaní: si es posible pase de mi este cáliz… pero hágase tu voluntad. Lo sabemos de memoria. Lo dice la carta a los Hebreos, en la segunda lectura que hemos escuchado, en ese versículo que llevo clavado como una espina en el corazón desde que fui consiente de él: “Cristo… a gritos y con lágrimas… aprendió sufriendo a obedecer”. ¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber? Este es el principio del seguimiento.

El sacerdote del AT desempeñaba tres aspectos importantes: 1. Es el hombre de la casa de Dios que puede aproximarse a él. 2. El que consulta a Dios y hace conocer sus decisiones, sus leyes y 3. Y el que ofrece los sacrificios. Los dos primeros aspectos reflejan la vida de Moisés y el tercer aspecto la de Aarón. El que ofrece sacrificios expiatorios es el sacerdocio más humano, menos apartado de la gente, y expresa una profunda solidaridad del sacerdote con su pueblo. La Carta a los Hebreos, que hemos proclamado en la segunda lectura, nos habla del sacerdocio de Cristo al modo del de Melquisedec, el que ofrece el pan. Cristo es sacerdote por la humilde aceptación de una encomienda, que exige una trasformación existencial que se realiza en y por la oración: ¡padre hágase tu voluntad y no la mía!, recordad, con gritos y lágrimas suplicaba. Pues en Cristo cada uno de nosotros somos sacerdotes, víctima y altar. Somos ofrenda todos los días de nuestra vida.

Y es que el buen pastor ¿no ofrece día a día su vida por sus ovejas? Quizás, de las tres partes del discurso del Buen Pastor, habéis elegido la más exigente (vosotros sabréis por qué): no seáis como los asalariados que no les importan las ovejas. A veces los sacerdotes parecemos asalariados a los ojos de los demás, funcionarios fieles, pero eso, nada más. En cambio, prometemos dar la vida por las ovejas, y no lo olvidéis, también por las que están fuera del redil. Demasiada tarea si no ponemos nuestra vida en las manos del Señor.

Queridos Manuel y Eduardo, esto lo digo mucho: Jesús no quiere imitadores sino seguidores y discípulos (me lo recordaban mis compañeros de Guinea ecuatorial el otro día). Comprended que nuestra imitación de Jesús sería ridícula. El mandato del amor es un diamante de muchas caras, donde os podéis realizar y encontrar la felicidad desde vuestra propia originalidad. Seguid, paso a paso, la pedagogía pastoral de Jesús (en Emaús):

  1. Estad en medio del rebaño

Caminad con los otros. Sin arrogancia, sin críticas, (las críticas, como la polilla, destruyen el tapiz comunitario). Sencillamente caminad a su lado, acompañando el ritmo de sus pasos y observando, teniendo predilección por los más débiles y necesitados.

  2. El cuidado misericordioso

Nuestro objetivo no es defender ideas, sino iluminar el camino para que encuentren la Vida. Las ideologías, también las religiosas, y las ansias de protagonismo y poder, entorpecen y embarran nuestros caminos comunitarios.  Nuestras vidas deben ser ejemplo de misericordia, no solo con palabras sino con hechos. La misericordia es el ADN del corazón del Buen Pastor.

  1. La misión en la caridad

No hay fe ni vocación si no hay esperanza y caridad. Jesús con su vida estimula a los discípulos a obrar de acuerdo con la voluntad del Padre. La Palabra de Dios debe anidar en nuestro corazón. El Señor nos invita a todos a practicar el cuidado con los demás. ¡Cuánto más entre nosotros!

  1. Compartir la vida

El pan compartido (este es el rito de Melquisedec) será para siempre la señal de la llegada del Reino. Compartir es realizar la igualdad entre nosotros, es crear comunidad. La pedagogía de Jesús no se queda en el anuncio de la Palabra, sino que concreta esa Palabra en la vida diaria de todos nosotros. Y finalmente…

  1. Saber despedirse

También el evangelizador debe saber «desaparecer». Es un signo de madurez espiritual. Al optar por el celibato corremos el riesgo de “casarnos” o con cosas, o con personas, o con ideologías, olvidando que nuestra vida es entrega desinteresada y servicio callado, sin esperar nada a cambio. Nada ni nadie nos pertenece. Somos siervos inútiles. Renovar el sacramento, día a día, nos exige estar despiertos y volver al amor primero, cuando en tu corazón sentiste la llamada del Señor y dijiste: ¡Aquí estoy Señor para hacer tu voluntad, me entrego a ti, haz de mi lo que quieras!

Mis queridos hijos, la Iglesia os ha elegido. Que esta Iglesia, Cuerpo de Cristo: laicado, vida consagrada, sacerdotes, diáconos y obispo, os acompañemos siempre. Con esta ordenación a todos nos ha nacido una nueva responsabilidad hacia vosotros. ¡Gracias por decir si!

+ Antonio, vuestro obispo

 

SANTA Y APOSTÓLICA CATEDRAL DE ALMERÍA                      

Sábado 2 de septiembre de 2023

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