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Homilía en la Eucaristía de acción de gracias por el primer aniversario de D. Antonio: «HAY MOTIVOS PARA LA ESPERANZA»

Querida comunidad, hermanos en el episcopado que habéis querido estar para acompañar a nuestra diócesis en esta acción de gracias, en el primer aniversario de mi toma de posesión, aquel trece de marzo del año pasado en el que la pandemia y las circunstancias nos obligaron a hacerlo de una manera sucinta. Es fundamental arroparnos y amarnos sin medida para caminar juntos, y yo entre vosotros. Gracias de corazón por este año.

Si leemos los textos anteriores al evangelio de hoy, que acabamos de proclamar, veremos que a Jesús le había ido muy bien en su predicación por los pueblos de Galilea. Le seguían multitudes escuchando sus palabras y sobre todo maravillándose con sus signos. Tan solo unos días antes había multiplicado los panes y los peces (y tan bien le salió todo, que le quisieron hacer rey). Sus discípulos estaban que no cabían de entusiasmo con él. Pero eso de subir a Jerusalén no les hizo ni pinta de gracia. Y comenzó a hablarlos, por tres veces, que va a ser rechazado, que será ejecutado y que resucitará el tercer día. Y, sobre todo, la prueba de fuego, también para nosotros, que el que quiera seguirle que tome su cruz y le siga y el que quiera ser primero sea el servidor de todos. Todo su gozo en un pozo, pues algunos ya se habían repartido cargos importantes. No habían entendido nada. A los apóstoles les pasa como a nosotros tantas veces, como a Abran en la primera lectura: “al ponerse el sol, … un terror intenso y oscuro cayó sobre él”.

A la oscuridad solo se puede contraponer la luz. Es el momento de una nueva visión, de forjar la esperanza, es el momento del Tabor. Fijaros en los discípulos, fijémonos en nosotros; en un mundo lleno de contradicciones, de luchas de poder, de guerras cercanas y lejanas, de querer ser los primeros, del sinsentido y del vacío, allí donde el corazón ya casi se ha paralizado por ese “oscuro e intenso terror”, allí donde el horizonte se presenta entre tinieblas y demasiado cercano al sufrimiento, es entonces cuando ser revela la verdadera gloria de Jesús: el Padre que ama a su hijo. Y por muy mal que nos vaya en la vida, el Amor es la única luz de la fe, la única esperanza en nuestro camino, la única base de nuestra comunidad, eso si queremos ser iglesia y no estamos buscando otra cosa.

Muchas veces, en este mundo en que vivimos, nos podemos ver agobiados y paralizados por las circunstancias, como le ocurrió a Abran. Al principio era un hombre sin horizontes, sin visión, sin sentido. Además, era el hijo de Teraj, que significa “el que engendra muerte”. ¡Vaya panorama para comenzar una buena historia! Pero, ¿qué le pasó a Abran para llegar a ser el padre de los creyentes? Simplemente que aceptó, en medio de su noche, la alianza del Amor. Y “una antorcha ardiente pasó sobre su sacrificio” y el fuego de Dios aceptó el sacrificio de su altar y el de su vida. Como a Jesús en Getsemaní. Jesús se entrega a la oración y se convierte el mismo en antorcha ardiente –luz que desde dentro invade su cuerpo y sus vestidos- y su vida es aceptada por Dios, como la de Abrahán aquella noche: “Este es mi hijo, el Elegido, escuchadlo”.

Y todas las personas que le seguimos, como aquellos tres discípulos elegidos, vemos hoy a Jesús con Moisés, aquel que luchó contra la esclavitud, y con Elías, aquel que luchó contra la idolatría. ¡Qué gratificante es saber que las personas que dirigieron la primera Iglesia, la iglesia apostólica, a pesar de sus miedos, fueron creyentes con visión, porque fueron auténticos testigos, por ser personas que desde las señales del pasado (Moisés y Elías) supieron abrirse al futuro, por muy oscuro que éste se prefigurase! Sabían que el Dios comprometido con su pueblo –no como los ídolos– estaría empujándoles hacia la salvación –como Moisés–. Jesús fue para ellos la “antorcha ardiente” en la oscuridad de sus vidas.

El Tabor, querida comunidad, no es el monte donde pasar unos días de vacaciones espirituales, es el espacio del discernimiento, de la superación de las dudas y de los miedos y del afianzamiento en la fe. Es el lugar del encuentro con el Dios de la misericordia que nos ama. En el Tabor se superan las tentaciones de desear mirar atrás, a aquellos tiempos del desierto, recordáis: ¡hagamos tres tiendas! No, hoy estamos en el Tabor para escuchar sólo a Jesús y con él retomar el camino hacia abajo, un nuevo éxodo, hacia la llanura donde está la gente, el sufrimiento humano, el sinsentido y también la guerra… hacia abajo, porque el mismo Jesús tomó nuestra pobreza y se hizo uno de tantos. Queda clara nuestra misión, como personas y como iglesia, por si acaso tenemos otras tentaciones de poseer, de gloria, o de poder, como ya descubrimos el pasado domingo.

Hermanas y hermanos que formáis el laicado, aquellos que habéis consagrado vuestra vida y vivís en pequeñas comunidades buscando la esencia del evangelio, queridos diáconos permanentes y sacerdotes en el servicio de la misión, querida diócesis (niños, jóvenes y ancianos, sanos y enfermos, pobres y ricos, sencillos y sabios), hay un futuro abierto, hay una esperanza cierta que, desde los primeros tiempos de la predicación evangélica, se recorre en comunidad, sin descartar a nadie, sumando fuerzas, viviendo en simplicidad y peregrinos, como el mismo Cristo. Mirémonos a los ojos y descubramos qué anida el corazón de cada uno de los que formamos la comunidad. Trabajemos juntos, porque somos el cuerpo de Cristo y no podemos entendernos solos. Unidos haremos Iglesia, forjaremos la comunidad. Por separado viviremos en la idolatría y en la esclavitud. No existe otro camino. Ejercitémonos en el diálogo, en la acogida, en la ternura, en el perdón. Si no es así, destruiremos la Iglesia.

Esta visión hoy del Tabor, igual que a Pedro, Santiago y Juan, nos da un espíritu de esperanza ¡es hora de soñar nuevos caminos!, es hora de creer en las promesas que la tozuda realidad nos hace olvidar. Es hora de desescombrar nuestras ruinas para que surja la Vida.  ¿Cómo se sentiría la iglesia destrozada y martirizada por las persecuciones? ¿Qué les animó a seguir adelante ante tanta muerte y desolación? Solo la fe en Aquel que nos ama, para que sólo derramemos amor.

Por eso cuando el pueblo de Dios estaba sin esperanza, cuando el análisis de la realidad mostraba obstinadamente la mortecina caducidad de todo lo que habían construido, cuando la gente aguantaba el tirón pensando sólo en sí misma, y ahogándose en su pequeño grupo, dice el Señor por medio del profeta Isaías:

Ensancha el espacio de tu tienda,

despliega sin reparo tus lonas,

alarga tus cuerdas, afianza tus clavijas,

pues vas a extenderte a un lado y a otro

tus hijos heredaran naciones y

repoblarán las ciudades desiertas.

Is 54,2-3

¿No os suena este texto al Sínodo que estamos trabajando y viviendo? “¡Ensancha el espacio de tu tienda, despliega sin reparo tus lonas!” Sin profecía, sin visión, el pueblo sufre. De verdad, pensemos en el amor de Dios: incondicional a pesar de la infidelidad, incansable a pesar de las huidas o de querer hacer nuestros propios caminos, su amor es la fuente de nuestra esperanza. Escuchemos y meditemos en comunidad la Palabra de Dios para pensar en grande, para crear, inventar, soñar, para buscar espacios concretos para el amor, acciones que ayuden a nuestras comunidades a sentir el gozo de ser Iglesia, esta iglesia que peregrina en esta historia que nos ha tocado vivir. ¡Ánimo y adelante!

+ Antonio Gómez Cantero

Obispo de Almería

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