Escritos del ObispoNoticias

HOMILIA EN EL PRESBITERADO DE EDUARDO A. HENRÍQUEZ: «Eduardo, estamos contigo, todos te necesitamos, todos nos necesitamos. Se muy feliz»

Lecturas: Jr 1, 4-9; Hbr 5,1-10; Jn 15, 9-17

Querida Comunidad. Especialmente os saludo a vosotras, la madre y las tías de Eduardo: Saira, Judit y Lilia, que venís desde Panamá a la ordenación de vuestro hijo y sobrino. Recibid mi enhorabuena, mi cariño y el de toda nuestra diócesis, sentiros en casa. Excelentísima Señora Embajadora de Panamá: Ithzel Patiño y su Esposo. Ilustrísimos Señores Alcaldes y miembros de las corporaciones de los municipios de las Alpujarras y Vélez Rubio.

Señor Rector y Seminaristas de Almería. Un recuerdo para el Rector, los formadores y seminaristas de Cartagena-Murcia, que no han podido venir, por estar en plena campaña vocacional, en estos días tan cercanos a san José. Comunidades parroquiales de Vélez Rubio y su párroco D. Javier, donde Eduardo hizo el año de pastoral. Comunidades parroquiales de Laujar de Andaráx, donde ha ejercido el diaconado desde el 2 de septiembre del año pasado y su párroco D. Manuel.  Jóvenes, de todas estas comunidades parroquiales.

Queridos Vicario General y Vicario de Evangelización, Sr. Deán y Cabildo de esta casa madre, en la que celebramos el Año Santo, en sus 500 años. Sacerdotes, diáconos permanentes, religiosas y religiosos de la vida consagrada, hermanas y hermanos de esta iglesia apostólica que ha seguido, hasta nuestros días, la misión evangelizadora de San Indalecio y que hoy, especialmente, se siente orgullosa y esperanzada, aunque seguimos orando por las vocaciones.

Querido Eduardo que el Señor te ha elegido para entrar en el orden de los presbíteros, para entregarte a este pueblo y a esta tierra. Doy gracias a Dios por tu obediencia a la voluntad de Dios, y por el esfuerzo que has hecho durante estos años para discernir tu vocación, así como también doy gracias a los religiosos agustinos y a los sacerdotes que te han acompañado, tanto en el seminario como últimamente aquí en ésta tu diócesis. Lo muestran todas estas personas (y las que nos han podido venir) que sé que te quieren.

Como la primera y segunda lectura son las mismas que proclamamos en tu ordenación del diaconado y os hablé entonces ya de ellas, permíteme que me centre más en el evangelio. Los versículos anteriores al texto que hoy hemos proclamado y has elegido para tu ordenación al presbiterado, hablan de la vid y los sarmientos. Todos sabéis el texto de memoria, pero es esencial recordarlo para comprender el evangelio de hoy.

Jesús está viviendo la última noche con sus discípulos. Les ha lavado los pies, y les ha anunciado su partida inminente y el envío del Espíritu Santo, para que no tengan miedo. Es un momento de intimidad. Curiosamente, el evangelista san Juan, no narra la institución de la Eucaristía, pero Jesús les habla a sus discípulos de la viña y el vino en los mismos términos de la Alianza, que utiliza en la institución de la eucaristía en los otros evangelios. La imagen de la vid y los sarmientos sin querer nos retrotraen al profeta Isaías: “Voy a cantar un canto a mi amigo, el canto de amor a su viña” [Is 5,1] Estas son las palabras esenciales que nos regala: amigo, viña, amor, que encierran la belleza de la fe. Creer, Eduardo, es un regalo, un don, una Gracia. Entender esto significa entender muchas cosas: la fe, la vocación e incluso a uno mismo. El mandamiento del amor está arraigado en la unidad a la Vid verdadera, Cristo.

Está claro que Jesús, en este momento tan importante como es su discurso de despedida y por tanto de confidencias, no desea más que hablar de lo esencial. ¿Y qué es lo esencial? Sin duda la Alianza: “este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros”. Fijaros que, con la imagen de la viña, no tiene necesidad de pronunciar la palabra Alianza, quizás porque no quería confundir a sus discípulos. Hablando de la viña está hablando de las condiciones de la nueva Alianza. ¿Un compromiso de amor que necesita? por encima de todo, una unidad íntima, como la rama al tronco y se precisa una condición: permanecer estrechamente unidos a Jesús, como lo están el sarmiento y la cepa. No hay frutos sin unidad a la cepa. ¡Permaneced en mí amor! es el grito de Jesús a los suyos, sobre todo porque sabía que le iban a abandonar esa misma noche.

Este deseo de unidad es también el fuerte deseo de Jesús hacia nosotros. Y este trabajo de unidad, de construir comunidad, es la tarea por la que te consagras hoy como sacerdote en medio del Pueblo de Dios. No es tu pueblo, tu eres el siervo (como Cristo) para reparar, sanar y construir su cuerpo, para reedificar y plantar, para hacer su voluntad. Como hemos escuchado al profeta Jeremías. Os he elegido yo para que vayáis y deis fruto.

Si lo miramos bien, todo el problema de la humanidad es desconfiar en Dios. Y todo nuestro problema es no considerar en lo profundo de nuestro corazón a Dios como Padre. “Padre, mientras el mundo no te ha conocido, yo te conozco”.

Cuando el pueblo de Israel era infiel a la Alianza, cuando caminaba por los caminos de los paganos, cuando seguía a falsos profetas, cuando se obcecaba en su propia voluntad: eso lo llamaban idolatría. Es decir, ¡No conocían a Dios! ¡Se hicieron falsas imágenes de él! Nosotros también podemos estar viviendo, sin darnos cuenta, en una actitud de idolatría, si no seguimos a Jesús (su estilo de vida, sus palabras, sus hechos), pues solo él es quien verdaderamente conoce a Dios como Padre. Un Padre que nos invita a estar fuertemente agarrados a su Hijo, para que demos frutos de amor y nuestros frutos duren.

Este mensaje estuvo fuertemente gravado en los primeros cristianos. La Palabra de Dios, también ahora, da la respuesta a las dificultades que se vivían y vivimos en las comunidades cristianas. En tiempo de San Juan ya habían dado comienzo las persecuciones que hacían tambalearse la fe de esa segunda generación de cristianos. Cuando se escribe este evangelio parece que la comunidad está pasando por persecuciones y penalidades. Por eso Jesús nos insiste que él es la vid a la que hemos de estar unidos los sarmientos, nosotros, para dar fruto. Y insiste en un verbo: “permanecer”.

El mensaje es bien sencillo, pero ¿por qué se insiste tanto en permanecer unidos al Señor? ¿Porque se daba una circunstancia muy parecida a la que estamos viviendo hoy nosotros? Los cristianos y también los sacerdotes, notamos el cansancio, vivimos muy dispersos, estamos como agotados, desorientados, desestructurados … Otras influencias ideológicas están haciendo mella en la esencia de nuestro corazón… ¡hemos perdido el amor primero! Recordad si no el himno de la primera carta a los corintios, donde nos habla del camino más excelente, ¿recordáis? Es un texto de alianza, de bodas: es paciente, no lleva cuentas del mal, no tiene envidia, no presume, no se irrita, no se alegra de la injusticia, goza con la verdad, todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta… el amor no pasa nunca.

La vieja cristiandad de Europa se resiente con el secularismo y el ateísmo o las idolatrías. Con frecuencia, a veces por desidia, no sabemos qué camino tomar para ser fieles a nuestra fe en Cristo. Ante este panorama se nos recuerda de una manera insistente que permanezcamos unidos a la “Vid verdadera”, porque separarse de ella es ir a la ruina, a la muerte. Y no hay otro camino: separados del Señor, actuando por nuestra cuenta y riesgo, seremos como los sarmientos secos que es imposible que produzcan nada, sólo sirven para ser cortados y echados al fuego. Necesitamos que nos vivifique la savia de Dios, que es su misericordia entrañable, su gran ternura, su perdón para todos nosotros.

“Permaneced en mí”, porque “sin mí no podéis hacer nada”. Querido hermano Eduardo, ¿cómo podremos comprender este gran misterio que hoy te envuelve y nos envuelve? Te pido por favor, que te fijes, nos fijemos todos en los grandes pastores de la Iglesia que han seguido a Cristo en su vida, que no pongas la mirada en cosa pasajeras. Que, ante las dificultades, que te encontrarás, grites con san Pablo: “Todo lo puedo en aquel que me conforta”, el gran evangelizador de aquellos que no conocían a Cristo, y es el momento que comenzamos a vivir ahora. Podrás comprender a los ignorantes y extraviados (como nos ha dicho la carta a los hebreos) porque también nosotros estamos sujetos a debilidad. Como comunidad, como Iglesia, permanezcamos en Cristo.

Eduardo, estamos contigo, todos te necesitamos, todos nos necesitamos. Se muy feliz.

Sábado 16 de marzo, CATEDRAL de ALMERÍA, 10:30 horas

+ Antonio Gómez Cantero, vuestro obispo

Fotos: José Domínguez Del Pino

Mostrar más

Publicaciones relacionadas

Botón volver arriba