Homilías Obispo

HOMILÍA EN EL III DOMINGO DE CUARESMA Institución de Lectorado

Lecturas bíblicas: Ex 3,1-8.13-15; Sal 102,1-4.6-8.11; 1 Cor 10,1-6.10-12; Versículo: Mt 4,17;Lc 13,1-9

Queridos sacerdotes, seminaristas y fieles laicos;

Queridos hermanos y hermanas:

El formulario de este tercer domingo de Cuaresma incluye uno de los relatos bíblicos más densos de contenido religioso como es la revelación que Dios hace a Moisés de su identidad divina. Se trata de una revelación que descubre y al mismo tiempo oculta el misterio de Dios. En la zarza que arde sin consumirse Dios descubre a Moisés que es el Dios vivo y verdadero, y no dejará de serlo jamás. Es el Dios que es y vive, y se mostrará a los israelitas como aquel que actúa como se lo hará ver al pueblo de Israel en sus hechos de salvación, porque Dios los librará de los egipcios.

El mensaje de Moisés a los israelitas que ha de acreditarle como enviado de Dios no puede ser otro: «Yo-soy me envía a vosotros» (Éx 3,14), porque no ha dejado de ser el Dios que fue en el pasado y es en el presente, por eso le dice a Moisés: «Yo soy el Dios de tus padres: el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob» (Éx 3,6). Del mismo modo que está en el origen y ha es él quien ha elegido a los patriarcas en el pasado de Israel, Dios es el que será: el que salvará a los israelitas de la opresión que padecen bajo los egipcios, «sacándolos de la tierra de Egipto, para llevarlos a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel» (Éx 3,8a). Por medio de los profetas Dios se lo recordará a Israel, llamándolo a la fidelidad a su amor con palabras llenas de ternura y al mismo tiempo doloridas por el alejamiento idólatra del pueblo amado: «Cuando Israel era niño, lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo. Cuanto más los llamaba, más se alejaban de mí» (Os 11,1-2). Dios había cumplido lo que había prometido a Abrahán, cuando lo sacó de Ur de los caldeos. Dios había prometido a Abrahán que se mostraría como Dios cuando multiplicara su descendencia, haciéndola más numerosa que las estrellas del cielo (cf. Gn15,5), por lo cual Dios exigía con justicia la fe en él para llegar a contemplar la manifestación definitiva del poder de Dios y su inmensa misericordia para con su pueblo.

Si hay historia de salvación, es porque Dios, presentándose a Moisés en la zarza que no se consumía, se manifiesta como el mismo Dios que habló a los padres e hizo las promesas a Abrahán. No es otro dios, sino el único y verdadero Dios vivo y el mismo. Por eso, es necesario confiar en él, porque el Dios que pidió la fe de Abrahán es el que pide la fe de Moisés y de los israelitas para sacarlos de aquella tierra de esclavitud.

El autor de la carta a los Hebreos, ya al comienzo de la Iglesia a los nuevos cristianos destinatarios de la carta, a los que descubre como hebreos y seguramente sacerdotes y levitas convertidos a Jesús, les animará a mantenerse firmes en la fe y a superar el desencanto que parecen sentir ante la ausencia del esplendor del sacerdocio antiguo. El autor de esta carta, al hablar del nuevo sacerdocio de Cristo como muy superior al sacerdocio antiguo, les dice que deben mantener la esperanza que han puesto en Cristo tomando ejemplo de Abrahán, que todo lo fio en el Dios que se mantiene idéntico consigo mismo y mantiene plenamente su palabra.

Moisés tuvo que luchar una y otra vez contra la falta de fe de los israelitas poniéndose entre Dios y el pueblo infiel y rebelde, intercediendo por ellos, para que no fueran abandonados por Dios. Todo cuanto sucedió camino de la tierra prometida, en el árido desierto del Sinaí, pero cuanto sucedió con ellos, dice el apóstol san Pablo, les ocurrió como figura de lo que habría de suceder con nosotros, tanto en todo cuanto Dios hizo en su favor, como en sus infidelidades, las cuales podemos repetir nosotros. Ponderando todo lo bueno que Dios hizo por los israelitas y que san Pablo considera ejemplo y figura de la salvación, lo ofrece como anuncio de los bienes otorgados a los cristianos, de suerte que ya entonces era Cristo el verdadero protagonista de los bienes que los israelitas recibían.  Así, en Cristo fueron protegidos por la nube que los acompañaba, y fueron alimentados con el maná y saciados con el agua de la roca que Moisés hizo brotar, para poder entrar en la tierra prometida una vez que atravesaron a pie enjuto el Mar Rojo. Hechos todos que anunciaban el bautismo y el pan de la Eucaristía. Al vivir todos estos momentos de la historia de la salvación, Dios anticipaba para los israelitas nuestros padres la experiencia de salvación que sólo llegaría a su plenitud por la muerte y resurrección de Cristo, místicamente vividas por nosotros en el bautismo, a la plena liberación del pecado y de la muerte eterna.

Ante las tentaciones de abandono de la fe que crece en nuestro tiempo entre nosotros, no podemos desesperar de mantenernos como cristianos y no ser fieles a nuestro bautismo. Es verdad que, al igual que los israelitas que protestaron contra Moisés y perdieron la fe en él y las promesas de Dios, también nosotros caemos en nuestras desesperanzas, siendo así que hemos sido fortalecidos con el ejemplo de los mártires y de los santos; y como los destinatarios de la carta a los Hebreos, muchos se sienten inclinados a dejar las asambleas litúrgicas y abandonar las exigencias de la moral cristiana. Lo hacen porque en su confusión y alejamiento encuentran más razonables las esperanzas del mundo que la esperanza de la Iglesia, y ponen entre paréntesis la conducta moral que acredita que hemos sido bautizados en el nombre de la Trinidad.

Consideremos en este tiempo de Cuaresma que Jesús exhorta a la multitud que le sigue a convertirse a Dios, a no sucumbir al pensamiento erróneo de que aquellos a quienes les acontece una desgracia es porque son más pecadores que otros. En un pasaje explícitamente provocador, el evangelista san Lucas nos coloca ante Jesús que exige la conversión de todos, para no perecer como aquellos pobres galileos que fueron degollados por el prefecto de Roma Poncio Pilato apenas llegó a Palestina. El prefecto se vio obligado a combatir contra los nacionalistas violentos que pretendían levantar a la población contra el César romano. El evangelio menciona dos hechos que debieron impresionar vivamente a los contemporáneos de Jesús: esta represión ejercida por Pilato contra los galileos rebeldes, y aquellos dieciocho desgraciados sobre los que cayó la torre de Siloé en la muralla que protegía la piscina. Jesús dijo a la multitud que no fueron castigados porque sólo fueran pecadores los que encontraron la muerte en aquellos sucesos. Jesús añade por eso: «Y si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera» (Lc13,3.5).

Jesús exige la conversión que pide a cuantos le siguen y han escuchado el anuncio de la llegada del Reino de Dios, como aparece en san Marcos con gran fuerza, al comienzo de su ministerio público, proclamando: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva» (Mc 1,15). Nos hemos hecho una imagen de Dios incapaz de tomarnos cuentas, perdonador sin evaluar el pecado y la justicia de la punición merecida. La parábola de la higuera que no da frutos ilumina el evangelio de hoy. Dice el viñador de la parábola: «Ya hace tres años que vengo a buscar frutos de esta higuera y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?»(Lc 13,7).

La Cuaresma es un tiempo de llamada a la conversión, de retorno al amor primero con el que nos hicimos creyentes, tocados por la gracia de Dios.       La lectura de la sagrada Escritura es uno de los medios propuestos por la Cuaresma para lograr esta conversión que nos devuelva a las promesas bautismales. Esta lectura tiene expresiones diversas: desde la lectura privada y de meditación personal a la lectura en familia de algún fragmento, pero su lugar privilegiado es la lectura litúrgica, en la celebración de la santa Misa y en el recitado cotidiano del Oficio divino.

Hoy instituimos cinco nuevos lectores, un ministerio al servicio de la palabra de Dios. Es un ministerio para acrecentar el servicio de la palabra de Dios, enseñando en la catequesis a conocerla mejor y a amarla, escuchándola y meditándola, acogiendo su proclamación pública en la sagrada Liturgia y respondiendo a ella con un corazón convertido. Ninguna lectura tan provechosa como la lectura personal y comunitaria de la Biblia que puede llegar a ser verdadera lectio divina, pero la Iglesia instituyó el ministerio del Lector, inseparable de la catequesis y la enseñanza de la fe, como servicio a la palabra de Dios, que se realiza con el mandato del Obispo en cada Iglesia local.

El ministerio del Lector es un ministerio que la Iglesia encomienda en particular a quienes van a recibir más adelante el ministerio del Diaconado permanente y de aquellos que serán diáconos transeúntes, por un tiempo limitado, porque son candidatos a recibir el Presbiterado. Hoy serán instituidos lectores de la Iglesia tres seminaristas candidatos al Presbiterado; y dos candidatos al Diaconado permanente. Esta institución es un servicio a la palabra de Dios y al ejercerlo los nuevos lectores se preparan para recibir al sacramento del Orden. Este ministerio lo que pueden recibir también algunos laicos para mejor atender a las comunidades cristianas.

Concluyamos por el don que Dios nos hace con la institución de los cinco nuevos lectores sagrados con la acción de gracias y la alabanza de la providencia divina, que hoy nos enriquece con un ministerio de ayuda y colaboración con el Obispo y los presbíteros en el ejercicio de nuestro propio ministerio. Bendecimos a Dios y le pedimos que la institución que realizamos se complete muy pronto en la institución del acolitado, de suerte que camino del diaconado primero, y algunos de ellos camino del sacerdocio, como es el caso de nuestros seminaristas, logren la meta a la que les lleva la vocación probada que el Señor les ha entregado.

SAI Catedral de la Encarnación

24 de marzo de 2019

+ Adolfo González Montes

Obispo de Almería

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