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Homilía en el Día del Trabajo 2024

San José de Nazaret

Querida Comunidad parroquial de San José, Secretariado Diocesano para la Pastoral del Trabajo, CONFER, Caritas, Manos Unidas, HOAC, ACG, queridos SCOUTS católicos, que nos hemos visto hace dos domingos. Queridos hermanos sacerdotes Tomás y Eduardo. Gracias por esta convocatoria para participar de esta Eucaristía, la víspera de San José Obrero y día del trabajo en todos los países del mundo.

Cada 28 de abril, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) celebra el “Día Mundial de la Seguridad y Salud en el Trabajo”, este año lo celebramos nosotros bajo el lema: “Cuidar el trabajo, cuidar la vida”. Nuestra fe nos enseña que la vida es el mayor bien que atesoramos y que hemos de honrar viviéndola con dignidad, de acuerdo con nuestra vocación de hijas e hijos de Dios. Cuidar esta dignidad implica cuidar la naturaleza, cuidar nuestra salud en el más amplio de los sentidos, y también el ámbito laboral, preocupándonos por la vida de quienes trabajan. Esta celebración nos ofrece la oportunidad de concienciar a la población sobre este gran problema que afecta a tantas personas y familias.

No podemos cerrar los ojos [ni el corazón] a la vida digna, es decir, cuidada, arropada, mantenida. La realidad muchas veces es dura, injusta y silenciada. Y los números de las cifras oficiales, son personas, como tú y como yo, como tu familia y la familia de tus seres queridos. Cada número nos habla de un proyecto de vida truncado, de personas desprotegidas, que deben asumir las consecuencias de una vida a medias. Lo decís claramente en el manifiesto de la Iglesia por el Trabajo Decente, para mañana 1 de mayo.

El trabajo, es una necesidad vital para desarrollar la dignidad humana en plenitud, aunque en todo el mundo presenta dificultades graves. Los poderes, del tipo que sean, que manipulan a las personas les coartan su integridad y su crecimiento, y les impiden la vida con cierta plenitud. No hay más que contemplar los asentamientos, acercarte a las personas con trabajos mal remunerados, personas apartadas de cualquier tipo de relación social mínimamente humana.

La injusticia estructural está ahí: damos más valor al bien producido que a la persona que lo produce. Se nos ha considerado instrumento para producir y también para consumir. Damos más importancia a la persona por lo que tiene que por lo que es. Cuando no somos más que un instrumento para conseguir un beneficio económico, se nos está negando la dignidad de hijos e hijas de Dios,

¿Qué debemos hacer para que todo no quede en palabras? ¿Y para que nuestra respuesta sea comunitaria…? Buscar unificar las fracturas de nuestra vida social y política. Este es nuestro trabajo de bautizados, de la comunidad que formamos, de la Iglesia. Como dice el papa Francisco en Evangelii Gaudium: “El compromiso al servicio de la vida obliga a todos y cada uno. Es una responsabilidad propiamente eclesial, que exige la acción concertada y generosa de todos los miembros y de todas las estructuras de la comunidad cristiana”. (EV, 79).

Siempre que escuchamos la Palabra de Dios nos situamos en la misma clave. ¿Cómo discernir la llamada que hoy Dios nos hace? ¿Cómo responder con una mirada de fe a los acontecimientos de cada día?

Hoy, en San José de Belén, de la familia de David, tenemos el ejemplo que buscamos tantas veces en estos tiempos de crisis. Miremos lo poco que conocemos de él y descubriremos aspectos tan esenciales que son suficientes para reconocerle como un hombre de Dios:

  1. José es un buscador infatigable, atento a las sugerencias de Dios en su vida. Pertenece al linaje de todos esos anónimos que fueron en Israel portadores de la esperanza del Reino. Que vivieron día a día la fe contra toda esperanza. Que supieron de quién se habían fiado, en contra de la opinión de todos. Hombres y mujeres con la sabiduría de Dios, que caminan en silencio, en humildad y obediencia, ocultos hasta el final de sus días. ¡Qué difícil es todo esto!
  2. José es un hombre de fe, y un soñador, (no en el sentido de hacer castillos en el aire) sino que todas las revelaciones se dan en sueños. Tenía una confianza profunda, a pesar que la realidad le mostraba caminos oscuros. (exilio, persecución…) Hay una similitud entre el camino elegido por el Hijo de Dios y el camino trazado y elegido por José: …pasó por el mundo como un hombre cualquiera. Hoy celebramos un canto a la vida sencilla, oculta y trabajadora. La vida de la familia de Nazaret responde a la espiritualidad de lo cotidiano, en casa, en la calle, en el trabajo, con los amigos, en el pueblo o el barrio… Hoy San José nos hace una llamada a todos a vivir el paso de Dios por nuestra casa. ¿Qué es la fe, sino acoger a Cristo en medio de nuestro hogar y vivir con él?
  3. José es un hombre justo (la alabanza que el Evangelio le hace). ¿Y, dónde está su justicia? En la acogida del Hijo, a pesar de las crisis, dudas y duros caminos de discernimiento. José supo ver la mano de Dios, en lo que aparentemente aparecía algo tan humano. Su justicia es la misma que la nuestra. Nuestra justicia y nuestra santidad, es saber vivir con “el Dios-con-nosotros”. RECORDEMOS: Cada vez que lo hicisteis con estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis… El juicio final es el mismo para todos… y las preguntas ya están trazadas por Cristo, nadie podremos decir que no sabíamos.
  4. José conduce con cordura al Hijo de Dios, conducir es educar. Jesús es una persona única, como cada uno de nosotros somos también únicos a los ojos de Dios. El crecimiento de Jesús en estatura, gracia y sabiduría, es fruto también del equilibrio de unos padres puestos en las manos de Dios. En la educación solo se da lo que se tiene, y como en el oficio de carpintería, se necesita a veces contundencia y otras, delicadeza para suavizar la madera. El buen educador se educa así mismo cuando educa.

¿Y mientras tanto?

Hoy pedimos al Señor por todos nosotros, para que cuando su presencia nos desconcierte en nuestros hermanos y su palabra nos invite a no quedarnos dormidos o parados, sepamos dar un paso adelante y en la duda o la desesperación digamos:  Señor, sé de quién me he fiado. Por favor, no sigamos soñando.

+ Antonio, vuestro obispo

 

 

 

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