Comentario Bíblico Ciclo C

BAUTISMO DE JESÚS

«JUAN Y JESÚS»

Hay momentos y acontecimientos tan sumamente importantes que marcan un antes y un después en nuestra vida. El bautismo en el río Jordán fue un auténtico punto de inflexión en la vida de Jesucristo. Supuso para él dejar atrás los años de crecimiento, corporal, mental y espiritual, y comenzar a recorrer un nuevo camino; anunciar la presencia de Dios en medio del mundo. El tiempo de Nazaret ha sido necesario para que Jesús armonice su realidad personal. Él es Dios y hombre verdadero. Si el autoconocimiento y aceptación de la realidad personal ya resulta difícil para cualquiera, la connaturalización humana de la divinidad, debió ser una tarea muy compleja. De ahí tantos años de silencio y oración, de contacto con las personas de su tiempo y con su Padre Dios. El bautismo supone el final de este periodo y el comienzo de su nueva vida.

El pasaje evangélico del bautismo de Jesús, aparece enmarcado por la predicación de Juan Bautista, más concretamente, por la respuesta que da a aquellos que se planteaban si él era o no el Mesías esperado por Israel. La respuesta de Juan es contundente; al verdadero Mesías él no merece ni desatarle las sandalias.

Juan, por la expectación generada entre los judíos, podría haber aprovechado la inercia y ocupar el lugar del Mesías. A nadie le hubiese extrañado. Tampoco a nosotros, tan acostumbrados al «postureo». Por el contrario, el Bautista se mantiene firme en la actitud que admira la que gente que acude a él; la coherencia entre su palabra y su vida. Por ello, no tiene reparo en afirmar que él no es el Mesías. Juan no se dejó arrastrar por la tentación de querer vivir una vida que no es la suya. Con demasiada frecuencia, el ser humano siente la necesidad de escapar de la propia realidad y vivir en una fantasía autofabricada que no responde a la verdad de su vida. El peligro es malgastar el tiempo simulando lo que no se es y no vivir en profundidad lo que sí se es.

Sabemos que la vida de Juan Bautista terminó pronto. Molestó a quien no debía y, como en tantas otras ocasiones de la historia, la injusticia tapó la verdad con violencia. Pero si le hubiésemos preguntado a Juan si se arrepentía de lo que había hecho, seguro que hubiera contestado que no, porque él vivió su vida, la de verdad, no una inventada o soñada, no la de la apariencia o la fachada, sino la auténtica, sin sueños evasores de la realidad, sino afrontando la vida con fortaleza y confianza. Sin temor al futuro, porque el futuro siempre está en Dios.

 

Victoriano Montoya Villegas

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