Comentario Bíblico Ciclo A

DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO

No es voluntarismo, es consecuencia

Cuando una persona emprende la tarea de revisar seriamente su vida, debe fijar un punto estable a partir del cual hacerlo. Esta referencia establece el ideal, lo que podríamos llamar el «debe ser». Teniendo clara la meta, quien inicia este camino de revisión vital, compara el «debe ser» con lo que podemos llamar: «realmente es». Generalmente, existe un desajuste entre el «deber ser» y el «realmente es». Frente a este desajuste, quien quiere afrontar la vida con la profundidad que verdaderamente merece, pondrá en juego todas sus capacidades y toda la coherencia de la que es capaz, para que la brecha entre el «debe ser» y el «realmente es», sea cada vez menor, hasta llegar a ajustarse plenamente.

Cuando escuchamos las palabras del Señor que nos llama a amar a Dios con todo el corazón, con todo el alma y todo el ser y, al mismo tiempo, afirma que hay que amar al prójimo como a uno mismo, es fácil comprender que nos encontramos ante el punto central del «debe ser» de cualquier cristiano. Y de la misma manera que ocurre en casi todas las facetas de la vida, cuando revisamos nuestra existencia, nos damos cuenta de la distancia que también existe entre lo que debemos ser, como cristianos, y lo que realmente somos.

Todos los cristianos estamos llamados a ajustar nuestra vida al mandato de Jesús. Pero comprobamos que, en la mayoría de las ocasiones, la distancia entre el «debe ser» y el «realmente es» no disminuye. Este desajuste se produce porque hemos equivocado el camino. Llegar a vivir plenamente el amor al prójimo como a uno mismo no es fruto de nuestro esfuerzo. No se alcanza por puro voluntarismo humano.

La solución la encontramos en Jesús, especialmente, en su testimonio vital. La vida de Cristo, comprendida como entrega generosa en favor de todos nosotros, no es fruto de su sola voluntad, sino la consecuencia de la intimidad que mantiene con Dios Padre. El amor a los demás no nace de la filantropía, sino de la teofilia. Solo creciendo en el amor a Dios es posible crecer en el amor al prójimo. Se puede afirmar que llegar a amar al prójimo como a uno mismo solo es posible si se produce como consecuencia natural del amor a Dios. En la medida en que el cristiano cuida la amistad con Dios a través del trato frecuente en la oración, es capaz de eliminar las cargas del pecado mediante la petición de perdón y se une íntimamente a Cristo por la eucaristía, en esa misma medida, logrará que la distancia entre el «debe ser» del amor al prójimo como a uno mismo y el «realmente es», se irá reduciendo.

Victoriano Montoya Villegas

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