
Tiempo ordinario (Mt 22,1-14), es la tercera del mismo tenor que la liturgia nos viene proponiendo de modo continuado en las celebraciones de los últimos domingos. Las tres parábolas guardan relación y hay que leerlas teniendo en cuenta que los destinatarios, aunque sean directamente los sumos sacerdotes y ancianos/senadores del pueblo, nos representan a todos. La invitación de ir a trabajar en la “viña del Señor” la recibimos todos, pero la disponibilidad y respuesta es diversa.
En esta tercera parábola el evangelista insiste en la necesidad de responder a la llamada de Jesús con una verdadera conversión, un nuevo estilo de vida, que en este relato se representa en la convocación a la fiesta y en nuevo modo de vida, representado en el vestido apropiado de celebración.
En la parábola, Dios se presenta como rey en el marco de un banquete de bodas, imagen del reino de Dios (cf.6,10; 18,23). El hijo del rey es Jesús que el evangelista presenta como «el Esposo» (9,15). «Los criados», en plural, traen a la memoria los de la parábola anterior y, como ellos, representan a los profetas (21,36), que invitan con vehemencia al banquete del rey sin éxito.
En efecto, la invitación es rechazada conscientemente por los primeros invitados que «no quisieron acudir». El rey, en un segundo momento, renueva de nuevo su oferta, pero tampoco «hicieron caso a los criados» dispensándose con excusas de asistir al banquete. Ante esta situación de ingratitud, el evangelista insiste en el amor incondicional de Dios a su pueblo que no se cansa de invitar. Por el contrario, la altaneria de los llamados es grande llegando incluso a quitar la vida a los mediadores. La historia que proclamábamos en las parábolas anteriores se repite (21,35).
El rey, prosigue el relato, montó en cólera y decide destruir la ciudad de Jerusalén, asesina de profetas (cf. 23,37s). Sin embargo, Dios no se queda en el lamento del fracaso, sino que envía a los criados a invitar a los de fuera, sin importar que sean “buenos o malos”. La iniciativa, un tanto fuera de guion, tiene un éxito notable porque «la sala del banquete se llena de comensales». El rey que no solía comer con sus invitados, se acercó como era costumbre a la sala para saludar a los convidados. Antes, como era costumbre en Oriente, les había regalado el traje de fiesta. El traje de fiesta, en el Evangelio, representa la adhesión a la persona y mensaje de Jesús.
Uno de los asistentes despreció el regalo, con evidentes alardes de su extravagante decisión. Su descortés ingratitud le sitúa fuera del proyecto del reino ya inaugurado.
Manuel Pozo Oller
Párroco de Montserrat





