Comentario Bíblico Ciclo A

DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO

La responsabilidad es nuestra

Dentro de las fiestas principales del pueblo de Israel durante la época de Jesucristo estaba el Yom kippur o día de la expiación. Uno de los rituales de este día consistía en que el sumo sacerdote imponía sus manos sobre un cabrito. Con ese gesto se significaba el traspaso de los pecados del pueblo de Israel al cabrito, que posteriormente era trasladado al desierto y abandonado a su suerte. De esta manera, el pueblo de Israel apartaba de sí el pecado y se reconciliaba con Dios. Esta fiesta expresa muy bien una de las características fundamentales de la comprensión religiosa de Israel; el comunitarismo. Esta manera de entender la relación con Dios conlleva, como elemento positivo, la revalorización de la comunidad como ámbito propio de vivencia de la fe. Pero, como elemento negativo, supone la disolución de la responsabilidad personal en la relación de fe.

Cuando Jesucristo propone esta parábola, denominada de «los viñadores homicidas», tiene una doble intención. Por un lado, quiere manifestar su conocimiento sobre el destino violento que le espera, como ocurre con el hijo del dueño de la viña de la parábola, que fue eliminado por los arrendatarios de la viña cuando se presentó ante ellos par pedirles explicaciones sobre la manera en que habían cumplido su tarea de cuidar aquella propiedad.

Por otro lado, Jesús quiere transmitir una enseñanza clara a sus discípulos. En la relación con Dios, nuestra responsabilidad personal no se diluye en la comunidad. Cada uno de nosotros hemos recibido el encargo de cuidar una vid que Dios ha plantado. Esa vid es nuestra propia vida, encomendada como una porción de la viña del Señor que es la Iglesia. Ante la tentación de diluir nuestra responsabilidad personal a la hora de producir los frutos que el Señor espera, Jesucristo nos advierte que no vale la excusa de no hacerlo porque tampoco los otros los hace. La Iglesia es una comunidad donde no se diluye la responsabilidad personal. Por eso, nadie puede dejar de dar el fruto esperado pensando en que el fruto de los demás cubrirá mi falta. Tampoco podemos dejar de dar fruto porque los otros no lo den.

Dios nos respeta tanto que nos exige que cumplamos cuidando nuestra vida y dando los frutos que de ella espera, de manera que aunque la viña florezca en su conjunto, si hay una vid que no produce fruto, esa deberá ser podada para que produzca fruto abundante, porque su fruto no podrá ser compensado por el fruto de las demás. La Iglesia no es comunitarista, sino comunidad, donde Dios espera el fruto de cada uno sin excusas.

Victoriano Montoya Villegas

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