Comentario Bíblico Ciclo C

DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO

Ni temía a Dios ni respetaba a los hombres… Normal

La tarea de realizar un comentario a un determinado texto evangélico no siempre es fácil. Cuanto más nos acercamos a la lectura y estudio de la Sagrada Escritura, con humildad, se ha de reconocer que la profundidad y grandeza del mensaje en ella contenido no es abarcable en su totalidad. Sin embargo, el fragmento del evangelio de hoy tiene un comentarista de excepción; el mismo Jesucristo. El evangelista san Lucas lo dice así: «Les dijo una parábola para mostrar que es preciso orar en todo tiempo y no desfallecer».

Esta afirmación de Jesús no solo transmite el sentido auténtico de la parábola, sino que nos recuerda que su intención primera al enseñar por medio de parábolas no es pedagógica, sino teológica. Cristo quiere evitar la tentación de intentar meter a Dios dentro de parámetros puramente humanos. Por eso, la presentación que Jesús hace de la realidad interna de Dios es siempre indicativa y no explicativa. Jesús propone el conocimiento de contemplación, que siempre invita a una mayor intimidad y sobrecogimiento, actitud verdaderamente religiosa, que lleva a la imitación y no al dominio de Dios.

Dentro de esta parábola aparece la figura de un juez que es descrito como alguien que ni teme a Dios ni respeta a los hombres. Es alguien que se mueve exclusivamente por el propio interés o comodidad. Este personaje no es sino una representación de un modo de entender la vida que está más extendido de lo que creemos. Incluso, puede tocarnos a nosotros en tanto que vivimos en una sociedad en la que el rechazo de Dios ha llevado a la indiferencia por los demás.

A lo largo de su predicación, Jesús insistió muchas veces en que es imposible separar el amor a Dios y a los demás. Si esta enseñanza la leemos en negativo, la consecuencia es inmediata; cuanto menos se ama a Dios, menos se respeta a los demás. El intento de eliminar a Dios del horizonte del ser humano y de la sociedad en aras de proponer una filantropía inmanente como auténtica ética universal y aceptable por todos, solo ha tenido como resultado una mayor despreocupación por los demás. La única manera de hacer más humana la sociedad es favoreciendo que cada persona tenga más cerca el rostro de Dios. Eliminar a Dios de nuestra vida conlleva la deshumanización de los demás, que son contemplados como simples instrumentos para el beneficio o el capricho. Solo la cercanía con Dios nos puede llevar a contemplar a cada persona en su grandeza y originalidad y, por tanto, como un don para mi vida.

Victoriano Montoya Villegas

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