Comentario Bíblico Ciclo B

DOMINGO XII DEL TIEMPO ORDINARIO

Las tempestades de nuestra vida

Cuando se teclea en cualquier buscador de internet la expresión: «cuadro de la tempestad calmada», es asombroso el número inmenso de imágenes que aparecen de cuadros que representan este pasaje evangélico. Todos estos cuadros, desde los grandes maestros barrocos flamencos hasta las representaciones más modernas, tienen una característica común: el deseo de representar la espectacularidad del acontecimiento. Sin embargo, deberíamos preguntarnos si la intención de Jesús es realizar una acción que quede solo en un signo muy llamativo o si tiene una intención más profunda. De hecho, debemos superar la espectacularidad del acontecimiento y centrarnos en el mensaje que Jesús quiere transmitirnos con la realización de este signo tan llamativo. Para ello, podemos fijarnos en dos palabras que aparecen en el texto: «cobardía» y «fe».

El fragmento evangélico nos relata que los apóstoles están haciendo algo que es muy habitual en su vida; navegar. Sin embargo, en medio de esta acción cotidiana, se levantó un gran huracán y sintieron que lo perdían todo, incluso la propia vida. Por ello, es significativo que Jesús los llame cobardes en medio de una situación tan complicada. La cobardía de los apóstoles no es miedo ante la situación, sino la actitud de intentar gobernar la nave por sí mismos y recurrir a Jesús solo cuando ven que sus fuerzas o capacidades no son suficientes. Por tanto, podemos identificar la cobardía como la consecuencia de vivir la vida sin escuchar a Dios y solo recurrir a él cuando la situación es tan apurada que las propias capacidades no bastan para salir del apuro. Cobardía es utilizar a Dios como un amuleto que nos protege en las complicaciones.

Así, no es de extrañar que junto al reproche de la cobardía, Jesús una un reproche mayor: «¿aún no tenéis fe?». En contraposición a la cobardía, la fe es la actitud propia de aquella persona que no olvida nunca que en la barca de su vida siempre navega también Jesús. Que, a veces, nos envisten los avatares de la vida, pero que por fuerte que nos golpeen, no olvidamos que no recorremos solos la existencia, sino que el mismo Dios nos acompaña en todo momento. La fe es no utilizar a Dios para que nos saque de los problemas en los que nos hemos metido porque no le hemos escuchado previamente o hemos querido gobernar la nave de nuestra vida sin tener en cuenta lo que Él nos dice. La fe consiste en recurrir con confianza a Dios en todos los momentos de la vida, no solo en los malos, sino en montar nuestra existencia a partir de lo que Él quiere para nosotros y recorrer los caminos que Él nos señala y hacerlo como Él quiere que lo hagamos.

Victoriano Montoya Villegas

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