Comentario Bíblico Ciclo A

DOMINGO VII DEL TIEMPO ORDINARIO

¿Es posible para un ser humano alcanzar la perfección?... Sí

Estamos acostumbrados a ver programas de televisión en los que se buscan jóvenes talentos en distintos campos artísticos. Contemplamos, boquiabiertos, las magníficas actuaciones de niños y niñas que nos sorprenden por la perfección de sus interpretaciones, al mismo tiempo que reflexionamos y reconocemos qué lejos estamos de cualquier aproximación a la perfección.

El fragmento del evangelio de san Mateo que escuchamos hoy es de una gran belleza, sin embargo, la afirmación final de Jesucristo: «Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto»; puede hacer que experimentemos en nosotros la misma sensación que tenemos cuando vemos a los jóvenes talentos realizando una interpretación magistral; pensar para nosotros mismos: «qué lejos están esas palabras de mí».

Si entendemos la perfección solo desde una perspectiva que podríamos denominar «técnica», es decir, sin ausencia de errores o equivocaciones, debemos reconocer que la perfección es algo que queda muy lejos de nosotros. Por ello, para no desechar este fragmento del evangelio como una utopía inalcanzable, debemos fijarnos mejor en qué quiere decir Jesucristo con esa afirmación. La llamada que Jesús hace a sus discípulos no es el frontispicio de su discurso, sino la conclusión del mismo. Jesús nos llama a ser perfectos de la misma manera en que Dios es perfecto. No se trata de una perfección técnica, sino de una perfección en la vivencia de lo que realmente somos. Dicho en otras palabras, Dios es perfecto porque actúa más allá de lo que corresponde a cualquier justicia humana, por eso hace caer la lluvia sobre justos en injustos. La perfección que ha de vivir el cristiano consiste en comportarse con los demás yendo más allá de lo que exige cualquier correspondencia humana. Por ello, Jesús llama a no amar solo a los que nos aman, ni a ayudar al otro solo en aquello que nos ha pedido. Todo ello ya se da por supuesto en el discípulo de Cristo. El cristiano debe ir más allá, de tal manera que ame al que lo odia, que ayude al que le negó su ayuda, que dé incluso cuando tiene que privarse personalmente de algo… De esta manera, el cristiano alcanza la perfección. No se trata de no tener fallos o no cometer pecados, se trata de aquella perfección que es imitar, en la medida de nuestras posibilidades, el actuar de Dios para con la humanidad. Ser pequeños destellos, en medio de un mundo oscurecido por el egoísmo, de la bondad de Dios, que sobrepasa cualquier expectativa humana.

Victoriano Montoya Villegas

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