Comentario Bíblico Ciclo B

DOMINGO IV DE CUARESMA

Tanto amó Dios al mundo…

Es habitual, incluso entre las personas de fe, al contemplar o vivir una situación de profundo dolor o injusticia, preguntarse: «¿dónde está Dios?» o «¿Por qué permite Dios esto?». El dolor y el sufrimiento, especialmente del inocente, se convierte en la piedra de toque para la fe en Dios y su presencia amorosa en el mundo.

El fragmento del evangelio de san Juan que leemos en el día de hoy, se enmarca dentro de uno de esos diálogos que Jesús mantiene con distintos personajes de su tiempo. Hoy, Jesús dialoga con Nicodemo, hombre culto y sabio. El mismo Jesús le llama: «maestro de Israel», pero cuya sabiduría no ha sido capaz de abrir su mente al hecho de que Dios puede actuar en el mundo de una manera totalmente inesperada para las previsiones humanas.

Nicodemo, hombre formado en la profundidad de la antigua ley de Moisés, no es capaz de aceptar que la victoria sobre el dolor y el sufrimiento que está padeciendo su pueblo, Dios la realice asumiendo hasta el extremo el dolor causado por el pecado. Por eso, Jesús, utilizando una imagen del Antiguo Testamento que Nicodemo conocía perfectamente, afirma: «lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre». La respuesta que Dios da al dolor y sufrimiento humano es compartirlo hasta el extremo, hasta la cruz. Idea que para un israelita era muy difícil de aceptar.

También para los cristianos es difícil de aceptar la cruz. Quizá nos resulte asumible la cruz de Cristo, puesto que nos hemos acostumbrado a ella y ya no la contemplamos como verdadera crisis de lo humano y la mayor expresión del sufrimiento del justo. Pero cuando se presenta en nuestra vida y somos nosotros quienes debemos experimentarla, nuestra actitud se revuelve al modo de un antiguo israelita que considera la cruz como simple ignominia indigna e injusta para nosotros.

Al igual que Nicodemo, es posible cometer el error de pretender entender la realidad de Dios y de su amor, manifestado en la cruz, solo desde nuestros posicionamientos humanos. El «maestro de Israel» no cayó en la cuenta de que para comprender la verdad de Dios y de su modo de proceder, además de la razón, son imprescindibles la humildad y la apertura a la gracia de Dios. Solo así es posible aceptar que Dios tiene unos caminos que no son nuestros caminos y que el instrumento de tortura que es la cruz, por la acción de Dios, se ha convertido en el mayor y más puro signo de amor que jamás haya contemplado la humanidad.

Victoriano Montoya Villegas

 

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