Comentario Bíblico Ciclo A

DOMINGO IV DE CUARESMA

¿Qué nos ofrece verdaderamente la fe?

El evangelio de san Juan está lleno de imágenes con las que se hace una presentación sumaria de Jesucristo, al tiempo que, de un “vistazo”, se presenta la realidad de su persona. La curación del ciego de nacimiento que escuchamos en este segundo evangelio catecumenal, es una predicación en acto en la que se presenta a Jesucristo como verdadera “luz” que ilumina al mundo y a cada persona.

A veces, se ha identificado la fe como aquel conjunto de verdades que explican la realidad de Dios. En consecuencia, ser cristiano consiste en el conocimiento y aceptación de estas verdades. Es curioso que, en este fragmento evangélico de hoy, una de las expresiones que más se repite es; “no lo sé”. Así responde el hombre que había sido curado de su ceguera por Jesús cuando le preguntan quién lo ha curado, cómo lo ha curado, dónde está el que le ha curado… Así responden también los padres aquel hombre a las preguntas de los fariseos e, incluso, los mismos acusadores de Jesús no saben responder a la pregunta sobre quién es Jesús.

La fe, más que un conjunto de verdades que parecen lejanas a la realidad simple de la cotidianidad, nos aporta luz para nuestra vida. Es decir, nos aporta un sentido que va más allá del sentido común que podemos descubrir por nosotros mismos en las circunstancias de nuestra vida. La luz de la fe nos aporta tres verdades vitales: la primera; “nunca estamos solos”, aunque, a veces, el silencio de la soledad impuesta haga que nos duela hasta el alma y sintamos el hastío de la vida, siempre podemos experimentar la presencia silenciosa de Dios en nuestra vida. La segunda; “siempre somos amados”, incluso cuando realizamos aquellas obras o tenemos aquellos pensamientos que Dios aborrece, nunca deja de amarnos. Cuando desaparecen aquellas condiciones que nos hacían ser reconocidos por los demás, Dios continúa amándonos sin condiciones. La tercera; “el sufrimiento nunca es la última palabra en nuestra vida”. Para los que tienen fe, todo les sirve para su bien, aunque inmediatamente solo se experimente el dolor y el sinsentido de los acontecimientos. En esos momentos, la voz de Dios resuena especialmente en el corazón del creyente y le recuerda que el mismo Dios también ha pasado por un dolor injusto y que por eso nos comprende mejor que nadie, al mismo tiempo que nos recuerda que en su victoria sobre el dolor, el pecado y la muerte, también nosotros participamos ya.

El bautismo ofrece la luz de la fe a quien lo va a recibir o ya lo recibimos hace tiempo. Nos da una comprensión de la vida que va más allá del simple transitar por esta existencia. Nos abre a una vida experimentada en profundidad y abierta a una plenitud que va más allá de esta existencia.

Victoriano Montoya Villegas

 

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