Comentario Bíblico Ciclo B

DOMINGO III DE CUARESMA

Un signo lleno de vida

Cuando se lee o escucha este conocido fragmento del evangelio conocido como «la expulsión de los mercaderes del templo de Jerusalén», tendemos a identificar el gesto realizado por Jesús con nuestros enfados o rabietas. Incluso, justificamos este actuar de Jesús al catalogarlo como «normal» al contemplar la flagrante profanación de un lugar sagrado por la avaricia de unos cuantos mercaderes.

El sentido original del templo era ser signo de la promesa de Dios de salvar a la humanidad. En esta promesa, el pueblo de Israel tenía el valor de ser testigo de esta salvación y atraer a los demás pueblos al conocimiento y el amor de Dios. Sin embargo, el pueblo elegido olvidó que él no era el dueño de la voluntad de Dios, sino, simplemente, su pregonero. En este contexto, el templo se convirtió en el símbolo más importante de la tergiversación que Israel había realizado de la voluntad divina. Así, se apropió del templo y lo convirtió en lugar de segregación entre hombre y mujeres, judíos y gentiles, puros e impuros…

Por ello, nada tiene que ver el gesto de Jesús con nuestros arrebatos de ira o rabia. Jesucristo realiza un gesto profético dirigido a devolver el sentido original a las grandes «instituciones» que Dios había dado al pueblo de Israel como camino para un encuentro personal entre ellos y el Dios que los había hecho su pueblo. Por ese motivo, Jesús explicó el sentido auténtico de la ley, el significado que tiene el templo, el valor de la obras…

Cuando Jesús realiza este gesto de «purificar» el templo, no se limita a restaurar el valor original, sino que va más allá y establece un nuevo «templo»: su propia persona. De manera que para que cualquier persona pueda acercarse a Dios, no hay otro «lugar» que el mismo Jesucristo. En Él tenemos el único camino cierto y seguro para el encuentro con Dios. Ya no son necesarios más sacrificios que el suyo y su palabra es la verdadera «menorá» capaz de iluminar la vida.

Frente a la tentación de intentar manipular a Dios, el gesto de Jesús en el templo de Jerusalén, es una llamada a mantener constantemente abierto nuestro corazón a la voluntad de Dios. Es recordarnos que nosotros somos posesión suya y Dios no es nuestro «amuleto». Que hay que estar muy atentos y en constante reforma de vida para que nuestro testimonio no cierre el camino a nadie el encuentro con Dios, sino que reflejando el vivir de Cristo, seamos siempre llamada a toda la humanidad para el encuentro con el Dios de la vida y la salud verdadera.

Victoriano Montoya Villegas

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