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DOMINGO II DE CUARESMA, por Ramón Carlos Rodríguez García

Luz cálida, Luz que no ciega, Luz que renueva...siempre Luz

Lecturas: Gen 22, 1-2. 9a. 10-13. 15-18. El sacrificio de Abrahán, nuestro padre en la fe. Sal 115. R. Caminaré en presencia del Señor en el país de los vivos. Rom 8, 31b-34. Dios no se reservó a su propio Hijo. Mc 9, 2-10. Este es mi Hijo, el amado.

La primera lectura nos envuelve en un escenario de realidades aparentemente perdidas. El hijo de la promesa es requerido por un Padre que parece olvidar el dolor de otro padre. Ambos deben renunciar a sus hijos. Sólo uno tendrá que hacerlo. En un relato difícil de digerir por más y mejor que se explique. Abrahán es creyente fiel y obediente a Dios. A pesar de encontrarnos ante un ardid, subsiste en la asamblea un residuo de incomprensión, a causa de un Dios que exige tanto. Al padre que cree a su hijo perdido, le es devuelto en gesto generoso y regalado. Isaac manifiesta como un renovado arco iris que nos encontramos ante el Dios de la vida, que no quiere la destrucción del hombre sino su salvación en plenitud.

Al igual que los discípulos en el Evangelio, también nosotros solemos preguntarnos qué es eso de resucitar de la muerte. Oyeron (cuando tenían que escuchar) a Jesús, pero no le entendieron, más aún llegará el momento en que la decepción será inmensa, al sentir que el camino de Jesús se aleja bruscamente de todos los laberintos que conducen al poder y la dominación (el fracaso de la Cruz). Jesús busca consolarlos tras haberles anunciado su muerte. Les invita a caminar con Él. Tendrán que subir a un monte escarpado y el esfuerzo será notable. Es necesario compartir con el Señor nuestros cansancios y fatigas. Abandonar la mochila de la tristeza y los pasamontañas de la desesperanza. No será un tiempo perdido si el compañero es el Señor. El monte es símbolo de encuentro con la divinidad. En su cima se transfigura Jesús y la gloria del Padre resplandece en el hijo que se entrega.

¡Cuántos libros escritos para aprender a hablar! Y lo primero que debemos aprender es a escuchar. Todos nuestros sentidos han de estar generosamente expuestos este Domingo en la Eucaristía, para que nuestra vida se empape del misterio que allí se nos brinda. Al salir de la celebración busquemos cómo resuena esa misma Palabra en la vida de las personas que nos rodean. Sus gozos y esperanzas, sus tristezas y angustias han de encontrar eco en nuestro corazón.  Que este tiempo de Cuaresma nos encuentre siempre atentos y dispuestos a Escuchar.

Ramón Carlos Rodríguez García

Rector del Seminario

 

 

 

 

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