Comentario Bíblico Ciclo A

DOMINGO I CUARESMA

¿Cuándo somos verdaderamente libres?

Si hiciésemos una encuesta y preguntásemos sobre qué valores son los más importantes en nuestra vida, uno de los que ocuparían los primeros puestos es: la libertad. Si siguiéramos preguntando en esta encuesta: ¿qué es la libertad? La mayoría responderíamos: «hacer lo que quiero, cuando me apetece».

Hemos comenzado la cuaresma, tiempo dedicado a enmendar nuestra vida. En este primer domingo, el fragmento evangélico nos presenta a Jesucristo que, al comienzo de su ministerio público, experimenta esa situación tan habitual para la persona religiosa como es la tentación. Las tres expresiones concretan una única tentación que se podría formular así: «si verdaderamente eres libre, demuéstralo; ¡haz lo que quieras! ¡vive tu vida como realmente quieras! La tentación experimentada por Jesús es expresión de una mala comprensión de la libertad, puesto que considera a la persona como una realidad cerrada en sí misma, sin tener en cuenta su dimensión transcendente ni social.

Frente al arquetipo tradicional que defiende que la tentación se vence siendo más fuerte que ella, Jesús la vence con una afirmación vital radical: mi fuerza no está en mí mismo, sino que descansa en Dios. De esta manera, Cristo vence a aquel que es más fuerte que cualquier persona, pero que nada puede ante Dios. Se produce aquí una magnífica paradoja: cuando Jesús, como ejercicio profundo de libertad, afirma que su vida no consiste en hacer lo que él quiere en cada momento, sino que en todo instante va a hacer lo que Dios quiere, la libertad alcanza un nivel único, puesto que cuando el ser humano recorre la vida siguiendo la vía propuesta por Dios, vive liberado de la esclavitud del pecado, que es el mayor límite a la libertad humana.

En este acontecimiento de las tentaciones, Jesús muestra que ser libre no es hacer lo que me apetece en cada momento, sino que es tener un camino de vida que nos permita desarrollar plenamente todas nuestras potencialidades. En las respuestas que Jesús da al demonio, encontramos tres ayudas, a modo de bastones de caminantes, que nos ayudan a recorrer este comino de plenitud: la lectura y escucha de la Palabra de Dios como verdadero alimento del corazón; la oración de intercesión que no pretende utilizar a Dios como si fuese un amuleto mágico, sino que confía en el amor que Él nos tiene, y vivir la vida como verdadero culto a Dios, esto es, sabiendo que solo Él es Dios y que nosotros somos sus hijos.

Victoriano Montoya Villegas

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