Comentario Bíblico Ciclo C

DOMINGO DENTRO DE LA OCTAVA DE NAVIDAD

«Nada verdaderamente humano es extraño para Dios»

No ha de sorprender que hace muy pocos días estuviésemos contemplando a Jesús recién nacido y en el fragmento del evangelio de este domingo, lo encontremos ya con doce años de edad. Sabemos que a lo largo del año litúrgico contemplamos todos los grandes misterios de la vida de Jesús. Se trata de una lectura teológica, no lineal, que nos permite vivir todos los momentos de nuestra propia existencia a la luz de las mismas vivencias de Jesús, quien recorrió todos esos mismos momentos para llevar salvación a todos ellos. Por ese motivo, no es extraño que se produzcan «saltos» en la lectura lineal de la vida de Jesús y que, en un momento determinado, avancemos, para, posteriormente, volver a la posición primera.

El hecho de contemplar hoy a Jesús a la edad de doce años, no es simple casualidad. Con esa edad, se celebra en la tradición judía el ritual del «bar miswah», momento en que todo varón judío lee públicamente la Torah y es considerado «hijo de la ley». Precisamente, el fragmento evangélico de Lucas, habla de filiación. Jesús aparece como hijo de María y José, hijo del pueblo de Israel, hijo de la ley… Pero, ante todo, es Hijo de Dios, como él mismo se declara. Jesús se presenta, desde siempre, como hijo del hombre, en su humanidad, cultura, religiosidad, expresión exterior… y como Hijo de Dios, en cuanto a su ser más profundo y verdadero. En Jesús es posible aprender que entre Dios y el ser humano no hay oposición ni confrontación, sino que Dios aparece siempre como sustento de la humanidad, como verdadera plenitud de todo lo humano.

Al final de este pasaje evangélico, aparecen dos expresiones que merecen ser consideradas. La primera de ellas dice: «Jesús crecía en sabiduría y edad y gracia ante Dios y ante los hombres». El crecimiento de Jesús expresa la grandeza de un auténtico desarrollo humano, que va más allá del crecimiento físico y la adquisición de conocimientos. Crecer es desarrollar las capacidades que nos permiten ponderar el valor de lo humano y el peso de eternidad de las cosas más simples.

La segunda dice: «su madre conservaba todo esto en su corazón». En la Virgen María se da la contemplación perfecta de Jesucristo. Por un lado, puede ver al fruto de sus entrañas, creciendo y desarrollándose como cualquier niño de su edad. Este aspecto es plenamente comprensible para ella y lo vivió como madre que era. Pero, al mismo tiempo, comprende que la verdad de su hijo no se agota en aquello que ella puede ver, como lo ven todos los demás. Por eso, ella contempla. Esto es, es capaz de mirar más allá de lo meramente aparente y, ante la incomprensión, da tiempo a Dios para que ilumine su mente y su corazón para poder comprender en profundidad. Las prisas en la comprensión de la existencia no es sino otra manifestación de la soberbia humana que piensa que no necesita de Dios.

Victoriano Montoya Villegas

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