Comentario Bíblico Ciclo B

DOMINGO DE RAMOS

«Verdaderamente este era Hijo de Dios»

A lo largo del evangelio de Marcos aparecen muchos momentos en los que el mismo Jesucristo pide que se guarde silencio cuando alguien proclama que Él es el Mesías o que está actuando con la autoridad misma de Dios. Todos estos momentos se caracterizan por ser instantes de «triunfo»; cuando sana a los enfermos, expulsa demonios, proclama palabras de vida, manifiesta la misericordia propia de Dios… El silencio que Jesús impone no pretende ocultar su propia realidad, sino al deseo de que no se vincule su persona con una imagen falsa del Mesías ni a que sus discípulos se identifiquen solo con el triunfo y el éxito.

Hoy, domingo de ramos, leemos el relato de la pasión que escribió el evangelista Marcos. En este relato se produce un cambio de actitud por parte de Cristo. En este momento de humillación y dolor ya no prohíbe que nadie le pregunte si es el Mesías y el Hijo de Dios. Es más, él mismo no se retiene a la hora de responder afirmativamente a las preguntas que le dirigen. Jesús ya no teme que se interprete equivocadamente el camino del Mesías y de sus discípulos.

Para quienes hoy comenzamos la celebración de la Semana Santa, la lectura de la pasión de Jesucristo nos llama a reflexionar sobre dos puntos fundamentales. El primero, consiste en pararnos a mirar cómo es nuestra relación con el éxito. Puede que digamos que ninguno de nosotros somos personas de éxito, porque confundimos éxito con popularidad. El éxito es fundamentar nuestra vida solo sobre los momentos buenos, considerando las situaciones dolorosas o que contradicen nuestros deseos y expectativas como situaciones que conviene olvidar lo antes posible, puesto que no aportan nada importante a nuestra vida. Pero montar nuestra vida sobre esta falsa apariencia es similar a construir una casa sin cimientos. En las contrariedades de nuestra vida es donde se muestra la fortaleza de nuestra fe, en cuanto que confianza en Dios, y la solidez de nuestra esperanza.

El segundo elemento sobre el que debemos reflexionar es nuestra capacidad contemplativa. San Ignacio de Loyola, en sus ejercicios espirituales enseñaba que era necesario contemplar la vida de Cristo para alcanzar amor. De entre todos los momentos de la vida de Jesús, la pasión, muerte y la victoria de la Resurrección son una condensación de todo lo que Él ha hecho por nosotros. La fe no se fundamenta en una fría racionalidad, sino en el calor del corazón. Cuando somos capaces de responder al gran amor que Jesucristo nos tiene, cuya entrega en la cruz es la prueba más grande, podemos crecer en el amor necesario para ser auténticos discípulos suyos. De lo contrario, seremos solo personas que conocen mucho sobre la vida de Cristo, pero no seremos auténticos cristianos.

Victoriano Montoya Villegas

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