Comentario Bíblico Ciclo CVíctor Montoya Villegas

DOMINGO DE PENTECOSTÉS «Ven, dulce Huésped del alma»

Por naturaleza, los seres humanos tendemos a acostumbrarnos a los ritmos habituales. Por eso, cuando se produce una interrupción de esa cadencia, es igual que cuando suena una alarma del móvil; nuestra atención se centra en esa llamada de atención. En este domingo tan especial, después de la «segunda lectura», no se entona el canto del «Aleluya», tan propio de este tiempo pascual, sino que se canta o proclama un bellísimo himno en forma de poesía. Es lo que se conoce como «secuencia». Esta «interrupción» del ritmo habitual de la proclamación de los textos de la Palabra de Dios en la celebración de la misa, significa que nos encontramos en un día muy especial. Hoy es Domingo de Pentecostés. Final de la fiestas de Pascua y conmemoración del momento en que Dios Padre, por medio de Jesucristo, envió el Espíritu Santo a sus discípulos.

En un momento de la «secuencia» de hoy, encontramos la siguiente petición: «riega la tierra en sequía». Pocos como nosotros, los que tenemos la dicha de vivir en esta bellísima tierra, podemos comprender la profundidad de esta petición. Cuando se conoce la aridez y la importancia del agua, pedir que se riegue la tierra seca, es pedir que la vida vuelva a brotar.

A diferencia de lo que ocurre con la tierra, nuestra vida se convierte en desierto no porque no haya precipitaciones, sino porque nosotros alejamos nuestra vida de la «fuente de agua»; el Espíritu Santo. Y esto ocurre porque no escuchamos. Estamos tan acostumbrados a «hablar», muchas veces sin palabras y sin interacción directa con otras personas, que nos hemos olvidado de escuchar. Cuando no estamos atentos a lo que el Espíritu Santo nos está diciendo, es como si pusiésemos un gran paraguas sobre una tierra que ya está necesitada de agua, de tal manera que, aunque llueva mucho, la tierra sigue sedienta. Así es la vida cristiana que no escucha al Espíritu Santo.

El relato de los Hechos de los Apóstoles cuenta que cuando los discípulos de Jesús recibieron el Espíritu Santo, comenzaron a proclamar las maravillas de Dios a todos los que se encontraban. Para nosotros, la mejor manera de celebrar hoy Pentecostés, debería ser hacer un alto en todas nuestras tareas y escuchar. Escuchar lo que el Espíritu Santo nos dice y quiere de nosotros y para nuestras vidas.

Así, podremos cantar: «sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor en el hielo, guía al que tuerce el camino».

Victoriano Montoya Villegas

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