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Declaración de la COMECE en el 30 aniversario de la caída del muro de Berlín

Por parte de la Conferencia Episcopal Española firma el documento el obispo de Almería, Mons. Adolfo González Montes.

La Asamblea Plenaria de la COMECE, que reúne a todos los obispos delegados de las Conferencias Episcopales de Europa, ha hecho pública una declaración con motivo del 30 aniversario de la caída del Muro de Berlín. Por parte de la Conferencia Episcopal Española firma el documento el obispo de Almería, Mons. Adolfo González Montes.

Declaración de los Obispos de la Comisión de Conferencias Episcopales de la Unión Europea (COMECE) con motivo del 30 aniversario de la caída del muro de Berlín

La caída del muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989 fue uno de los acontecimientos más importantes en la historia europea de las últimas décadas. Fue un momento lleno de emoción. Después de haber estado separados por un muro de hormigón durante más de veintiocho años, las personas (parientes, amigos y vecinos) que vivían en la misma ciudad pudieron encontrarse, celebrar y expresar su alegría y sus esperanzas. En adelante, el mundo sería diferente.

Este muro fue un símbolo de la división ideológica de Europa y del mundo entero. Los cambios que tuvieron lugar en Hungría a principios de 1989, el colapso del telón de acero en abril y las primeras elecciones libres en Polonia en junio culminaron con la caída del muro de Berlín, un hecho que abrió el camino para recuperar la libertad después de más de 40 años de regímenes opresivos en países de Europa Central y del Este. Estos esfuerzos deben su éxito al compromiso de un gran número de europeos que expresaron de manera constante y pacífica su profundo anhelo por el cambio político.

Es cierto que no se han cumplido todas las expectativas que provocó la caída del citado muro. Igualmente es cierto que las ideologías que estaban detrás de la construcción del muro no han desaparecido completamente en Europa y todavía están presentes hoy en diferentes formas. También reconocemos como cristianos que Cristo «es nuestra paz; él ha unido a los dos pueblos en uno solo, derribando el muro de enemistad que los separaba» (Efesios 2, 14). La caída del muro de Berlín no es solo un acontecimiento del pasado que se celebra, sino que posee una dimensión profética. Nos ha enseñado que construir muros entre las personas nunca es la solución y es una llamada a trabajar por una Europa mejor y más integrada.

Debemos recordar el importante papel de San Juan Pablo II y su aliento: «¡Europa necesita respirar con dos pulmones!».

Reconocemos que el proceso de curación y reconciliación es delicado y difícil. Incluso hoy, para algunas de las víctimas de los regímenes opresivos del pasado, este proceso está lejos de completarse; su determinación, compromiso y sufrimiento fueron decisivos para la libertad que Europa disfruta hoy.

Sin embargo, queremos revivir y fomentar esos signos de esperanza, esas expectativas para un futuro mejor en Europa y para todos los europeos que guiaron ese momento histórico en noviembre de 1989.

Por esta razón, como cristianos y ciudadanos europeos, exhortamos a todos los europeos a que trabajen juntos hacia una Europa libre y unida a través de un proceso renovado de diálogo entre mentalidades y culturas diversas, respetando nuestras diferentes experiencias históricas y compartiendo nuestras esperanzas y expectativas para un futuro pacífico común. Para lograrlo, debemos recordar que una cultura del encuentro implica, primero, la capacidad genuina de escuchar. Como cristianos, estamos también llamados a predicar y ser testigos del Evangelio, sabiendo que «el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado» (Gaudium et Spes, 22).

Invitamos a todos a orar a Dios, el Señor de la Historia, para que nos ayude a dedicarnos a una Europa movida por el Espíritu Santo, que es la raíz y el fundamento de la esperanza y la fuente y el poder de un nuevo compromiso con esos valores sobre los que se construye Europa: justicia, libertad y paz.

6 de noviembre de 2019

 

Aprobado por:

Jean-Claude Hollerich S.J., Cardenal Arzobispo de Luxemburgo. Presidente

Mariano Crociata, Obispo de Latina (Italia). Primer vicepresidente

Franz-Josef Overbeck, Obispo de Essen (Alemania). Vicepresidente

Noël Treanor, Obispo de Down y Connor (Irlanda). Vicepresidente

Jan Vokál, Obispo de Hradec Králové (República Checa). Vicepresidente

Virgil Bercea, Obispo de Oradea Mare (Rumania)

Ferenc Cserháti, Obispo Auxiliar de Esztergom-Budapest (Hungría)

Jorge Ferreira da Costa Ortiga, Arzobispo de Braga (Portugal)

Hugh Gilbert, Obispo de Aberdeen (Escocia)

Adolfo González Montes, Obispo de Almería (España)

Joseph Galea-Curmi, Obispo Auxiliar de Malta

Jozef Hal’ko, Obispo Auxiliar de Bratislava (Eslovaquia)

Antoine Hérouard, Obispo Auxiliar de Lila (Francia)

Theodorus C.M. Hoogenboom, Obispo Auxiliar de Utrecht (Países Bajos)

Nicholas Hudson, Obispo Auxiliar de Westminster (Inglaterra y Gales)

Vjekoslav Huzjak, Obispo de Bjelovar-Križevci (Croacia)

Philippe Jourdan, Administrador Apostólico de Estonia

Jean Kockerols, Obispo Auxiliar de Malinas-Bruselas (Bélgica)

Czeslaw Kozon, Obispo de Copenhague (Escandinavia)

Manuel Nin i Güell O.S.B., Exarca Apostólico de Grecia

Rimantas Norvila, Obispo de Vilkaviškis (Lituania)

Christo Proykov, Obispo de San Juan XXIII de Sofía (Bulgaria)

Youssef Soueif, Arzobispo Maronita de Chipre

Zbignev Stankevics, Arzobispo de Riga (Letonia)

Janusz Bogusław Stepnowski, Obispo de Łomża (Polonia)

Franc Šustar, Obispo Auxiliar de Liubliana (Eslovenia)

Ägidius J. Zsifkovics, Obispo de Eisenstadt (Austria)

 

 

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