Comentario Bíblico Ciclo B

CORPUS CHRISTI

Cantemos al Amor de los amores

Uno de los pesares que más se oye durante este tiempo de pandemia es la imposibilidad de demostrar físicamente el amor hacia los seres queridos; nietos, padres, amigos… Las medidas sanitarias y la distancia de seguridad han hecho que una dimensión tan humana como es la afectiva, quede coartada. Pero también ha conseguido que caigamos en la cuenta de que poder expresar el cariño a los seres amados, no es solo una cuestión de costumbre social, sino una verdadera necesidad, tanto para quien da ese cariño como para quien lo recibe.
Cuando leemos las palabras del evangelio de este día, nuestra mente y nuestro corazón parecen trasladarse a la tarde del Jueves Santo, día en que se conmemora la institución de la Eucaristía. Pero el día de hoy, Corpus Christi, no es una repetición de lo que ya conmemoramos hace unas semanas. Ciertamente, es Jesucristo Sacramentado quien nos convoca, pero la Iglesia nos llama a vivir de una manera especial este nuevo encuentro en torno al Santísimo Sacramento del Altar. El Jueves Santo se nos invita a la contemplación y la meditación, se podría decir, que en el silencio propio del «Monumento». Hoy, se nos llama a que pongamos en juego esa dimensión tan humana que es la afectividad.
Los seres humanos tenemos la capacidad de amar y recibir amor, capacidad que se expresa de muchas maneras. Celebrar el Corpus Christi significa que el destinario de nuestro amor es, ni más ni menos, que Jesucristo, quien ha querido quedarse con nosotros en el Sacramento de la Eucaristía. Contemplar la Sagrada Forma expuesta en la custodia y acompañarla por las calles, cuando es posible, significa reconocer que Jesucristo está ahí real, verdadera y substancialmente, como nos enseña la Iglesia, pero significa, también, decirle a Jesucristo cuánto lo queremos y cuánta necesidad tenemos de Él.
La Eucaristía no es el premio de los vencedores, sino el alimento de los peregrinos. Adorar y acompañar el Santísimo Sacramento, recibir la bendición con el ostensorio que custodia al autor de la vida y fuente del amor, es reconocer, con humildad, que nuestra pequeñez ha sido elevada por Dios a la dignidad de hijos suyos y que este don inmenso del Padre nos ha sido dado por Jesucristo, quien en su pasión, muerte y resurrección, contenidas en la celebración de la Eucaristía, nos ha dado su misma vida.
Por ello, no es de extrañar que el gran Santo Tomás de Aquino, al asomarse y contemplar el misterio eucarístico, exclamase para los siglos posteriores:

Canta, lengua, el misterio del glorioso Cuerpo
y de la preciosa Sangre,
que, en beneficio del mundo, el Rey de los pueblos,
fruto de un vientre generoso, derramó.

Victoriano Montoya Villegas

Mostrar más

Publicaciones relacionadas

Mira también
Cerrar
Botón volver arriba
Cerrar
Cerrar
X