Escritos Ob. Coadjutor

Carta del obispo de Teruel y Albarracín ante el nuevo nombramiento del papa Francisco

En el día de hoy, 8 de enero de 2021, el Santo Padre, el Papa Francisco, nos ha comunicado, a las 12:00 horas, que me nombra:

Obispo Coadjutor de Almería.

El día 21 de enero hará cuatro años que estoy en esta querida diócesis de Teruel y Albarracín. Doy gracias a Dios y a todos los que formáis esta comunidad cristiana por estos primeros años de mi ministerio episcopal. He descubierto entre vosotros una profunda fe y un gran tesón por mantener viva la Iglesia que hemos heredado de nuestros mayores, cada persona desde la vocación que ha recibido.

Agradezco, del mismo modo, a todas las instituciones políticas, jurídicas, de las fuerzas de orden público, académicas, asociaciones de vecinos, … entidades públicas o privadas, la apertura en el diálogo y el trabajo que hemos podido desarrollar, junto a las personas que las representáis, siempre, con buena voluntad por parte de todos, por el bien de este pueblo y de esta tierra. Quiero destacar mi entusiasmo en el trabajo en la Fundación de Santa María de Albarracín y en la Fundación Amantes, de las que soy patrono. También mi agradecimiento a los Medios de Comunicación con los que me he sentido acogido y escuchado.

En este momento se me conmueve el corazón y solo se me ocurre decir ¡gracias! Gracias a los Organismos de comunión y participación (Consejo de Gobierno, de Pastoral, Presbiteral, de Arciprestes y de Consultores) he estado entre vosotros como padre y hermano. Gracias a la Curia y al personal seglar del Obispado que hacéis mover la maquinaria. Gracias a los Delegados Episcopales salientes y a los entrantes y a sus respectivos equipos. Gracias a los jóvenes que me acogisteis aquel mes de enero, tan nevado como este, y a los que venís a mi casa, incluso a pasar unos días de coloquios cargados de experiencias, de los que tanto aprendo. Gracias a tantas personas laicas que habéis pasado por mi vida y, entre cafés y mesa camilla, me habéis aconsejado, algunas tan cerca de mí y de mis preocupaciones. A los sacerdotes y al diácono permanente, que tanto me habéis ayudado y con los que también he trabajado codo con codo. A las religiosas de vida activa y contemplativa, que habéis estado ahí, muy cerca de mí, en la oración, la corrección fraterna y el consuelo. A las comunidades de religiosos que tanto colaboráis y estáis tan integrados en la vida diocesana. A los seminaristas, que cerca de vosotros, nos dejamos apasionar por el Dueño de la vid para que ese entusiasmo anime a otras personas a buscar la voluntad de Dios, sea la que sea, y así formemos comunidades vivas. También tengo presente al colegio Diocesano de las Viñas (el profesorado, el alumnado, el personal de servicio, la asociación de madres y padres) sobre el que tantos proyectos hay para el futuro. Así como las comunidades educativas de los colegios de la Iglesia y a todos los docentes de cualquier centro que, desde vuestra fe, trasmitís libertad y concordia.

También echaré de menos a las personas de los espacios cotidianos: el bar del primer café mañanero, la librería, la frutería, la carnicería, el kiosco, el restaurante donde llevo a comer a mis invitados, la peluquería, la tienda de recuerdos y las personas que los habitan, así como todas aquellas con las que me encuentro habitualmente en la calle y paro a charlar y, sin pretenderlo, me abren los ojos a la realidad y me descubren nuevas perspectivas.

Sois muchas personas, muchos diálogos, muchos sueños y también muchos desahogos. Tengo en la retina todo el sufrimiento que nos ha traído la pandemia, cuántos fallecidos sin una despedida digna, cuántas familias rotas por la soledad y el desvalimiento, cuántos silencios retenidos entre cuatro paredes, cuantos vacíos llenados, en muchos casos, sólo por vuestra confianza en Dios. Gracias al personal sanitario que tanto bien han hecho en los últimos latidos de muchos de nuestros creyentes. Un día, desde la fe, debemos celebrarlo en una gran Eucaristía en su memoria. ¡Nos han dado tanto!

Sé que en nuestras comunidades estáis personas de fe firme con muchas iniciativas y habéis manifestado que tenéis ganas de trabajar, nadie os lo va a impedir. Habéis demostrado que cuando se os deja y anima os ponéis con ilusión manos a la obra. Entre ellas estáis los Animadores de la Comunidad, que lleváis a Cristo a las pequeñas comunidades en su Palabra y en su Cuerpo. Dios os bendiga a todos y os conceda un espíritu de fortaleza y valentía para seguir con estas y tantas otras tareas.

Quiero también pediros perdón por las decisiones, palabras, comportamientos que, sin haberlo pretendido, no os hayan parecido acertadas o, os hayan hecho sufrir. Creo en la misericordia de Dios y espero también la vuestra.

A partir de la primera semana de marzo estaré ya en Almería. Sé que el cambio es grande. Procedo de Palencia, una diócesis como la de Teruel y Albarracín, salpicada de pequeños pueblos, que forman parte de estas tierras tan poco habitadas y mayoritariamente anciana, que hemos denominado España vaciada. Almería no es así, tengo mucho que aprender.

Me acerco a vosotros, del mismo modo que vine a Teruel, a conoceros, comprenderos y amaros. Es el camino del pastor. Soy la respuesta a la petición de nuestro obispo D. Adolfo, de tener una ayuda para aliviarse de todos sus tareas y misiones. Estaré, como no puede ser de otra manera, dispuesto a lo que él me pida. Seré para él su hermano pequeño, y él para mí, mi hermano mayor.

En el último artículo como obispo de Teruel, “Los caminos del Evangelio”, cuando aquí yo solo conocía esta noticia, decía que el bautismo nos lleva a la obediencia, que siempre es costosa, ya que, si no, sería complacencia. Y es que todas las llamadas del Señor exigen una conversión que comporta un sufrimiento implícito, un sacrificio, por la complejidad que nos supone salir de nuestro hábitat, ese espacio donde nos sentimos, tarde o temprano, acomodados. Después, todo es ganancia, al menos a los ojos de Dios, aunque los caminos en el desierto vital sigan existiendo.

Querido D. Adolfo, voy peregrino a esa ya soñada tierra almeriense, con los ojos despiertos y el corazón en ascuas, como los discípulos de Emaús. Sé que me está esperando con los brazos abiertos y yo trabajaré con empeño, junto a usted, con todas las comunidades y las distintas vocaciones de la diócesis, en esa querida tierra de María santísima.

Gracia y Paz a todos.

+ Antonio Gómez Cantero, obispo

 

 

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