Comentario Bíblico Ciclo A

DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO

¿HIJOS O ASALARIADOS?

Dicen que la envidia es la tristeza que se siente ante el bien o ventura de alguien, así como también la satisfacción ante el perjuicio o mal que sufre.

Pues eso es lo que le sucedió a los trabajadores de la viña de la primera hora con respecto a los últimos. Protestaban porque a los postreros se les pagaba lo mismo que a los que soportaron el sudor y la dureza del trabajo durante todo el día.  Se quejaban porque veían una clara injusticia injusto que a ellos, que habían  trabajado mas horas, se les pague igual que los que solo habían trabajado una. Por eso el dueño de la viña, viendo la envidia que anidaba en sus corazones, dirá: “¿Has de ser tú envidioso porque yo soy bueno?”

Seguramente que en nuestra vida, también nosotros hemos pensado o actuado de la misma manera ante las injusticia que creemos que se nos ha hecho o el favoritismo que sospechamos que se ha tenido con otros, convencido de que lo que se da a otros es porque se nos quita a nosotros.

Tal vez haya cristianos que compartan y justifiquen la envidia de los jornaleros primeros, pensando que Dios comete una injusticia social, y que los sindicatos podrían acusarle de agravio comparativo, pagando a todos por igual sin tener en cuenta el número de horas trabajadas.

Pensar  así es asemejar a nuestro Dios con un empresario, sin escrúpulos, al que  le interesa pagar cuanto menos mejor a los que ha mandado a trabajar con un contrato basura., por el que hagas lo que hagas, vas a recibir lo mismo. Por lo tanto, conclusión lógica: Cuanto menos nos esforcemos en trabajar el la viña del Señor, mejor. De todas formas, va a ser lo mismo trabajes más o menos.

Pero Jesús no nos habló de un Dios empresario, sino de un Dios Padre, que nos quiere hijos en la Casa Paterna y hermanos entre nosotros, y entre hermanos nadie duda que los mismo debe recibir en herencia el hermano mayor que ya está aportando algo al patrimonio de la familia años, que el menor, aunque nada haya hecho aún por incrementar la hacienda familiar

Si perdemos de vista esa experiencia evangélica de la paternidad divina, nunca veremos con buenos ojos como el buen ladrón, que sólo fue bueno unos escasos minutos de su vida, es recibido con los brazos abiertos por el buen Padre del Cielo, buen Padre para él y para nosotros.

Nuestro buen Padre Dios no nos quiere braceros que trabajemos por conseguir el cielo como paga, sino hijos merecedores todos por igual de la herencia de una vida feliz y eterna, que su amor nos regala. No nos vende.

Manuel Antonio Menchón

Vicario Episcopal

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