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ANSIAS DEL CIELO, por Lola Ruiz

Una crónica personal de Lola Ruiz, directora de comunicación de Cáritas diocesana sobre la apertura del Año Jubilar

Siempre me he preguntado cómo funciona la Iglesia desde dentro, desde su corazón, desde todo lo que no podemos ver. Siempre que acudo a la Iglesia, entro, saludo al Señor y me siento a escuchar la Santa Misa y a recibir el regalo más preciado que nos dejó Cristo, su Cuerpo y su Sangre para que nos alimentemos de Él, siempre en conmemoración suya. La iglesia, por tanto, es el regalo que nos dejó Jesús para que no nos sintiéramos solos, para que sepamos que siempre que acudimos a la Iglesia está Él, está el Espíritu Santo y está la Sagrada Familia.

Con la visita del Nuncio de Su Santidad, Monseñor Bernardito Auza a la Santa y Apostólica Iglesia Catedral, he podido comprobar en primera persona cómo funcionan «los brazos de Dios» en la Iglesia, cómo se preparan, cómo ponen todo a disposición para seguir el rito eclesiástico a la perfección y ponerlo al servicio de los fieles.

Fue en la tarde de ayer, 4 de octubre de 2023, cuando Monseñor Bernardito Auza cumplió con su misión, y se desplazó hasta Almería con motivo de la Solemne Apertura de la Puerta Santa. Ha sido un momento clave para mí, ya que como menciono anteriormente, me ha permitido ver la Iglesia en todo su esplendor, desde su corazón y cómo se une el pueblo de Almería en fe y devoción.

En primer lugar, pude contemplar la llegada de Mons. José María Gil Tamayo, Arzobispo de Granada, junto al Obispo de Almería y el Nuncio de Su Santidad. Iban caminando por la calle acompañados del cortejo compuesto por sacerdotes, diáconos y demás miembros del clero. En su caminar, se dirigían a la puerta trasera de la catedral, donde Mons. Bernardito cogió el hisopo y realizó su primera bendición, esparciendo así el agua bendita antes de entrar en la catedral.

Una vez dentro de la catedral, todos los miembros del clero se dirigieron a la Sacristía, donde todo se prepara hasta el último detalle. Pude ver las distintas indumentarias eclesiásticas preparadas, que eran muy elegantes y al mismo tiempo muy sencillas. También pude observar cómo se colocaban las mitras, con el respeto y la solemnidad que lo hacían, la belleza y la importancia del báculo, así como la preparación del incienso. Todo ello acompañado por los miembros del clero perfectamente coordinados para que todo saliera perfecto. En esos momentos se puede observar el amor con el que realizan cada paso, por ejemplo, preparar el incienso, ese incienso que luego se ofrece al Señor con tanto amor y a todos los fieles como signo de pureza, de bendición y de la presencia de Dios entre nosotros. 

Una vez todo listo, Mons. Auza junto con el resto del cortejo se dirigieron a la puerta principal de la Catedral, donde tuvo lugar el rito de apertura. Recuerdo perfectamente esas tres veces que golpeó la puerta con el báculo para que se abriera. Es un momento único y muy especial, ya que el Nuncio de Su Santidad, con el báculo en sus manos, pide que se abra la puerta con un rito muy hermoso, se arrodilla en silencio en la Puerta Santa, y queda al fin abierta para que todos los fieles podamos pasar por ella, con el corazón siempre arrepentido y con el anhelo de que nuestros pecados sean perdonados.

Varios segundos después, todos los fieles comenzaron a entrar y se podía observar en sus rostros la importancia del momento, la alegría de poder vivirlo y la fe que se pone de manifiesto de forma comunitaria en esos momentos, siendo todos uno. Todo ello se podía ver también durante la celebración de la Santa Misa, donde el Nuncio de Su Santidad pronunció unas palabras muy hermosas: «La vuestra es una Iglesia Catedral Fortaleza. La necesidad de construir entonces una Catedral como fortaleza defensiva, con que profundidad y sentido fue denominada de La Encarnación; porque una fortaleza que está dedicada al Misterio de la Encarnación, está dedicada a la fortaleza y a la puerta del amor de Dios, y el amor es puerta, el amor es nuestra fortaleza y nuestra fuerza «.

Tras este bello discurso, poco queda por decir, solamente que el amor de Dios nos hacer crecer en la fe, guardar sus mandamientos y sus enseñanzas en ese cofre que es nuestro corazón, seguir luchando por ser cada vez mejores cristianos, y poder así estar presentes en este mundo pero con el alma mirando al cielo; ese cielo que podemos encontrar en la Iglesia, que ansiamos, que anhelamos, y que nos hace tremendamente felices, y nos hacer ser cristianos.

¡Feliz Año Jubilar!

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