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Alocución de nuestro obispo en la Misa de Acción de Gracias por el ministerio de Mons. González Montes

Querido hermano D. Adolfo. Querida Comunidad.

Desde San Indalecio hasta D. Adolfo, nuestra iglesia diocesana de Almería contabiliza, entre todas las épocas de decadencia y esplendor a 70 obispos. Cada uno ha ido dejando su impronta, su estilo de vida, su manera de hacer, pero lo más importante es que por ellos y por su herencia hoy estamos nosotros aquí.

En el año 1994 me reuní con 14 chavales de la Iglesia Caldea, que me contaban que, a veces, se jugaban la vida por ir el domingo a Misa. Les pregunté si les valía la pena. Y me contestaron: la fe es la mejor herencia que nos han dejado nuestros padres y, a su vez, nuestros abuelos.

Me impactó para siempre su respuesta: ¡la mejor herencia! Hoy damos gracias a Dios por el septuagésimo obispo de nuestra diócesis, D. Adolfo González Montes, y por su tarea y misión entre nosotros. Ahora a nosotros sólo nos toca dar gracias: por sus desvelos, por sus enseñanzas teológicas y pastorales, por sus proyectos, que tantos quedarán entre nosotros y mantendrán su memoria.

Somos la Iglesia del Señor, en la que D. Adolfo ha llevado el timón durante casi 20 años. Una iglesia que ha crecido en momentos nada fáciles de cambios e incertidumbres sociales. Él ha luchado para que fuera una gran diócesis, como en las épocas de mayor esplendor, y para que no mermara o disminuyera durante su pontificado.

Por todo ello damos gracias a Dios y también a D. Adolfo. Mi tarea ahora, después de tanto que usted ha hecho, es que nuestras comunidades sigan creciendo. Y esta herencia de la fe, que nos mantiene en la esperanza y en la caridad, siga trasmitiéndose y sembrándose como la semilla de la mostaza y forme un gran árbol de Vida en medio de nuestro mundo y en medio de esta maravillosa Diócesis de Almería.

Que este cáliz, que contendrá la sangre de Cristo, ¡su vida! y que ha sido siempre el regalo que la diócesis ha entregado a sus obispos, contenga en él también su vida de obispo, junto a la del Buen Pastor, que nos pide siempre entregar la vida por el rebaño.

¡Gracias D. Adolfo!

¡Que Dios sea siempre alabado!

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