HOMILÍA EN EL 100 ANIVERSARIO DE LA CORONACIÓN DE NUESTRA SEÑORA DE LAS ANGUSTIAS EN VERA

Querida Comunidad, hermanos sacerdotes D. Jesús y D. José Gregorio, párroco y vicario de Vera, Hnas. Franciscanas de la Purísima, Hermandades y cofradías… Estimadas autoridades: Sr. Alcalde y corporación municipal de Vera. Sr. Presidente de la Diputación Provincial de Almería, Sras. Diputadas. Delegado de Salud de la Junta de Andalucía. Teniente de la Guardia Civil. Subinspector Jefe de la Policía Local de Vera. Hermanas y hermanos todos.
Aquí estamos a tus pies, Virgen de las Angustias, 100 años después de tu Coronación Canónica. 100 años que los veratenses te reconocen como Reina y Señora de nuestro pueblo. Y hoy nos reafirmamos con una nueva corona, y con un reconocimiento de nuestra provincia. Pero una corona no es un adorno más, es irradiación, es autoridad (en la antigüedad lo eran por la gracia de Dios) En María tenemos esa certeza plena. Colocar una corona en el lenguaje de la fe significa que ponemos nuestra vida bajo su amparo y que reconocemos en María el camino más seguro para llegar a Cristo, por la gracia de Dios. No coronamos a la Virgen para hacerla más grande, la coronamos porque nosotros necesitamos recordar quién ocupa un lugar de honor en nuestro corazón y quien nos libra de nuestras angustias. La palabra angustia es una palabra latina que significa ‘angostura’, ‘dificultad’ o ‘estrechez’. Después pasó al plano psicológico significando ‘aflicción’ ‘congoja’ ‘ansiedad’…
Hoy, las lecturas de la Palabra de Dios nos proponen de nuevo una parábola sobre el Reino. En el fondo nos encontramos con los mismos temas fundamentales que proclamamos los anteriores domingos cuando contemplamos la viña del Señor.
La Palabra de Dios está llena de imágenes para que nos ayudan a entender la profundidad de las cosas en las que creemos. El Reino de Dios es como un banquete de Bodas. Es una fiesta. El profeta Isaías, en el que Jesús se inspira, imagina un gran convite “con manjares suculentos y vinos de solera”. Un convite que significa el final de toda peregrinación, por los desiertos de la vida, el final de todo dolor en el que será “aniquilada la muerte” … “El Señor enjugará las lágrimas de todos los rostros” y por eso será una fiesta y todos los celebrarán con alegría.
Este es el proyecto de Dios con todos sus hijos, que cada uno de nosotros participemos del plenamente de la alegría de la vida. Nuestro Dios es el Señor de la alegría, de la esperanza y de la vida. Se preocupa y vela por nosotros ya lo dice el salmo “me guía por el sendero justo” “Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida”.
Pero la verdad es que muchas veces los cristianos no parecemos que estemos invitados a una fiesta de bodas. Sin quererlo presentamos y vivimos un cristianismo estéril, sin aliento vital, de unas maneras tristes y poco atrayentes. Parece que más que a un banquete de bodas estamos invitados a un valle de lágrimas, una peregrinación de sufrimientos y lamentaciones. En cambio, lo repetimos muchas veces, pero no nos lo creemos, que el llamamiento de Jesús es a sentirnos amados, valorados, dignificados, invitados a la alegría de vivir y a la libertad de los hijos de Dios.
Pero como en la parábola, somos capaces de justificar lo injustificable, de una manera torpe, para no ir a la fiesta del Evangelio, para no entrar en la vida que Jesús nos propone. Nos justificamos con tareas más importantes ¿Más importantes, de verdad? Por qué no ponemos la mano en nuestro corazón y nos preguntamos ¿Qué es lo prioritario en nuestra vida? ¿Hacer dinero, asegurarnos un futuro, responder a las expectativas de los demás, … o vivir la vida como un don de Dios, con serenidad y alegría, a pesar de las contrariedades?
Fijémonos en San Pablo: “Se vivir en abundancia y en pobreza, porque estoy entrenado en todo y para todo” ¿Cómo ha llegado a este equilibrio interior? A través de las pruebas vividas: “Todo lo puedo en aquel que me conforta”. Sabe en quién confía, sabe cuál es su misión. Sabe que Jesús es el compañero de camino que ha pasado por todo y ha salido victorioso, él es su Señor y Salvador.
Y si somos y nos sentimos invitados no significa que ya no tengamos más responsabilidades. Muy al contrario. Nos puede pasar como al compañero que no llevaba traje de fiesta. No todo vale. No basta con tener una apariencia externa (nombre de cristiano) sino que hemos de tener aptitudes, sensibilidad para participar de ese banquete. Se nos pide coherencia entre lo que decimos que somos y lo que vivimos. Interior y exteriormente tenemos que expresar lo que somos.
En la mesa, en el banquete, en la fiesta se destaca más lo que nos une que lo que nos separa. Si fuese una mesa de negocios aparecería más lo que nos divide. Nosotros en nuestra vida, en este tiempo, intentamos señalar casi siempre más lo que nos separa que lo que nos une, en aras del pluralismo, o mejor de hacer cada uno lo que más nos interesa en cada momento.
El banquete del Reino además es un banquete de Bodas. No podía ser de otra forma: de alianza, amor, fidelidad, entrega mutua.
La parábola del banquete nos narra la realidad del Reino o la salvación del hombre: sólo hay salvación si hay comunión de vida.
Una cosa es cierta, la ropa de boda necesaria no es la inocencia. Porque son los pecadores a los que Dios nos invita a la fiesta, en eso la parábola es muy clara. Ni la Iglesia, ni el Reino de Dios es una sociedad de perfectos, sino de personas que tienen conciencia de su pecado y aspiran al perdón. “¡Revestíos de Cristo!” Gál 3,27 nos dice san Pablo e insiste “¡Revestíos del hombre nuevo!” Col 3,10
Está claro, hermanos, participar en la fiesta requiere una actitud de conversión. También la Eucaristía es el convite, la mesa de la intimidad, como la de los discípulos de Emaús. “¡Quédate Señor con nosotros!”. La Eucaristía que celebramos es también el altar del sacrificio de la vida de Cristo y la mesa de su Palabra, la mesa del encuentro con Cristo y con la comunidad, la mesa del compromiso que nos envía en medio del mundo a ser testigos fieles del Evangelio de Jesucristo.
Esta fiesta no quedará sin invitados. Todos estamos invitados. Pero nadie somos imprescindibles. Creer, es un regalo, un don, una Gracia. Entender esto significa muchas cosas, significa comprender: la fe, la vocación e incluso a uno mismo.
Que cada uno hoy piense qué compromisos, qué prioridades, qué quehaceres le impedirán aceptar esta invitación, esta tarjeta de bodas que nos ha enviado hoy el Señor, a nuestro corazón. Siempre que venimos a la Eucaristía participamos de la vida de Jesús y somos como él, “otros Cristo”. Si no, algo marcharía mal en nuestras vidas y en nuestra fe.
Hoy, invitados a esta boda (del latín = compromiso público y solemne) de la imposición de la nueva corona, alrededor de Nuestra Señora, desaparecen muchas diferencias. Aquí estamos personas de distintas edades, de distintas familias, con distintas historias y formas de pensar, pero mirarla a ella, nos configuran y nos exige caminar juntos, porque descubrimos que tenemos una misma Madre. Y cuando un pueblo aprende a encontrarse en torno a aquello que le une, la convivencia deja de ser un deseo para convertirse en una realidad.
Ojalá que, al celebrar estos 100 años de la Coronación, no nos quedemos solo contemplando una serena imagen con una nueva y magnífica corona. Ojalá que, volvamos a casa con el deseo de parecernos un poco más a María: disponibles para Dios y su voluntad, cercanos a los demás y capaces de llevar esperanza allí donde haga falta. Porque esa será siempre la mejor manera que tengamos de honrar a la Santísima Virgen de las Angustias, Nuestra Señora. ¡Ánimo y adelante!
Vera, 10 de octubre de 2026
+ Antonio, vuestro obispo





