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TREINTA MONEDAS DE PLATA, por Jesús Martín Gómez

Todo tiene un precio. Se trata de un pensamiento muy extendido en nuestra cultura. El intercambio de bienes ha traspasado incluso la barrera de lo moralmente aceptable. Todo es susceptible de convertirse en un negocio. Dónde haya un producto, una tendencia o un deseo humano nos encontramos con alguien que ya ha visto la oportunidad para lucrarse con ello. La cuestión no es lo que nos ofertan, sino que hemos caído en la red que nos lleva a pensar que la plenitud de la vida consiste en consumir. Consumimos experiencias, viajes, ideas, tendencias, imágenes, información, personas… todo es objeto de nuestro deseo y todo podemos cosificarlo a nuestro antojo convirtiéndolo en un producto comercial. La voracidad y el ritmo al que lo hacemos no nos ayuda a detenernos para pensar en la conveniencia que tiene para nosotros. La mentalidad de consumidor es tal vez más peligrosa que la de comerciante pues nos hace ver con mirada de utilidad incluso a los que nos rodean.

Quizá en esto consistió el desengaño de Judas. Él se había sentido defraudado con aquel producto que compró cuando el Maestro lo llamó.  Como quien se cansa del trasto que tiene en casa y publica un anuncio en Wallapop, lo puso a la venta poniéndole un precio, treinta monedas de plata. Este precio era conocido en la tradición del pueblo de Israel. Treinta monedas de plata era una cantidad bastante considerable. Se trata del precio de un esclavo según nos señala el libro del Éxodo. Treinta monedas de plata fue lo que el profeta Zacarías recibió por su salario cuando decidió dejar de apacentar al rebaño que era un símbolo del pueblo de Israel. Aunque el evangelista Mateo señala el cumplimiento de la profecía de Jeremías, la realidad es que este profeta no dice nada a cerca de ese dinero, sin embargo, como Zacarías y Jesús, sufrió el rechazo del pueblo cuando intentaba reconducirlo a Dios. Todos los profetas, de hecho, habían sufrido ese desprecio cuando el pueblo entendía que Dios sobraba, que no lo necesitaban.

Existe una diferencia entre poner precio y valorar, esta semana santa puede ser la ocasión para hacer lo segundo. Valorar es una reflexión que se debe hacer al margen de la utilidad que las acciones o las cosas tienen para nosotros. Hay cosas que, aunque carecen de precio tienen un gran valor, podríamos decir, un valor eterno. ¿Quién puede ponerle precio al esfuerzo que nuestras familias han hecho para sacarnos adelante? Se trata del valor del amor que nos ayuda a contemplar la Pasión de Jesús si estamos dispuestos a comprender algo. El mismo hecho de que existamos, pudiendo no haber existido, es una demostración del amor de Dios. Sin embargo, en ningún sitio como en la Cruz, podemos entender no solo su amor sino también el valor que él nos da, la sangre de su Hijo. No le basta con habernos creado y dado la vida también nos está llamando a que compartamos con él la vida eterna. La Semana Santa nos puede ayudar a detenernos y recapacitar si nuestra mentalidad de consumistas, en el fondo una mentalidad reduccionista que nos hace creer que todo está bajo nuestro control, no estará impidiendo que sepamos valorar este amor que nos sobrepasa.

Jesús Martín Gómez

Párroco de Vera

 

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