Comentario Bíblico Ciclo A

SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS

¿Es la santidad algo pasado de moda?

Hay palabras como chambergo, artesa, apechusques, zalea… que tienen en común que, aunque no conozcamos el significado, nos suenan a realidades antiguas, pasadas de moda o que han caído en desuso. Desgraciadamente, también la palabra «santidad», incluso entre los cristianos, la hemos incluido dentro de este conjunto de palabras trasnochadas y desvinculadas de nuestro día a día.

La santidad, el concepto y no solo la palabra, es considerada hoy una realidad lejana a nosotros y a nuestro mundo. Pensamos que la santidad es un don que Dios da solo a unos pocos elegidos, entre los que no nos encontramos nosotros. Incluso, la descartamos de nuestro día a día porque nos parece una meta tan inalcanzable que ni siquiera merece la pena iniciar ese camino.

Sin embargo, hoy, se celebra la solemnidad de Todos los Santos. Así, la Iglesia quiere recordarnos que la santidad es una llamada permanentemente viva y actual, aunque la opinión más extendida piense otra cosa. Tanto es así, que la santidad no es privilegio de unos pocos escogidos; aquellos grades personajes cuyas imágenes encontramos en nuestras iglesias. De hecho, la inmensa mayoría de los santos que están gozando de la presencia definitiva de Dios, son santos anónimos. Es decir, son aquellos millones y millones de hombre y mujeres que, a lo largo de la historia de la humanidad, han vivido de acuerdo con su fe, manteniéndose firmes en la esperanza que nace del único Dios vivo y verdadero y han plasmado en obras concretas la fe que ilumina su vida.

Si fuésemos consciente que la santidad no es una meta inalcanzable ni aburrida, seguramente la sacaríamos del cajón de las palabras en desuso y la tendríamos como verdadero motor de nuestra vida. Ser santo no es imposible, puesto que todo cristiano ha sido llamado, consagrado y enviado por Dios a cumplir una tarea concreta en la vida. Para cumplir esa tarea, Dios nos ha dotado de su vida y fortaleza. Cuando nuestras acciones concretas no ahogan ese don de Dios, nuestra vida, siguiendo los impulsos de la gracia, alcanza lo que Dios espera de nosotros y, aunque suene muy contundente, alcanzamos la santidad.

Sin ser «Superman» ni «bichos» raros, sino hombres y mujeres que viven con los pies en la tierra que son conscientes de lo que realmente son: hijos de Dios y hermanos entre nosotros, los cristianos podemos alcanzar la meta para la que fuimos creados: vivir, ya ahora, en figura y, después, en plenitud, la vida misma de Dios que es la vida en plenitud de todo ser humano.

Victoriano Montoya Villegas

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