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MISA CRISMAL: «Quizás debemos echar la red al otro lado y dejar tantas inercias que arrastramos del polvo de la historia»

HOMILÍA DEL OBISPO DE ALMERÍA EN LA MISA CRISMAL

Mi querida Comunidad.

Gracias queridos sacerdotes por manteneros en la misión.  Gracias por construir y alentar a las comunidades que forman la iglesia. Gracias a los que habéis dedicado toda vuestra vida al servicio del Reino. Gracias a los que de una manera u otra habéis sido Buen Pastor en medio de este Pueblo Santo que camina en la diócesis de Almería. Mi reconocimiento y mi gratitud por acompañarme también en esta tarea.

Aún resuenan las palabras de la primera lectura.

“El Señor me ha enviado… (lo sabéis de memoria, pero dejadme que me fije en el resumen final del texto) para dar a los afligidos una diadema en lugar de cenizas, perfume de fiesta en lugar de duelo, un vestido de alabanza en lugar de un espíritu de abatido, vosotros os llamaréis ‘sacerdotes del Señor’, dirán de vosotros ‘ministros de nuestro Dios’.” Is 61, 3. 6a

Esta será la vocación y la misión de Jesús en la sinagoga de Nazaret, allí donde se había criado. Resumió proclamando esta lectura que acabamos de escuchar todo su plan salvador. Y también es nuestra misión. ¿Cómo podemos ser portadores de la Nueva Noticia, es decir evangelizadores? Es un buen programa el del texto de Isaías. En lugar de cenizas una diadema, en lugar de lamentos, perfume de fiesta, en lugar de abatimiento un vestido de alabanza. Diademas, perfumes, ropajes nuevos… pensémoslo bien.

El decreto del Vaticano II sobre el sacerdocio ministerial (Presbyterorum ordinis) nos habla de la ‘caridad pastoral’, aunque la expresión apareció por primera vez en el Concilio, hablando de la santidad a la que estamos llamados los obispos, que por medio de todo tipo de preocupación episcopal y de servicio, podamos cumplir perfectamente el cargo de la caridad pastoral. (LG 5,41b). Esta expresión ‘caridad pastoral’ no vuelve a aparecer hasta el capítulo 14 de la PO, en el año 1965, a petición de 14 padres sinodales franceses, como principio unificador de la vida del sacerdote. Es bien interesante este número 14 que se puede dividir en tres partes:

Primero, nos presenta la fracturación del mundo moderno y por tanto también de nosotros que estamos envueltos y distraídos en muchísimas obligaciones del ministerio, además viviéndolo con ansiedad. Ante tanto trajín de actividades externa ansiamos unificar nuestra vida interior. Esa unidad de vida no la vamos a lograr ordenando exteriormente todas las actividades, ni siquiera lo lograremos con la práctica de los ejercicios de piedad, aunque algo nos ayude. Sin embargo, podríamos construir esa unidad si siguiéramos más de cerca el ejemplo de Cristo, cuya comida era hacer la voluntad de Aquel que lo envió. Así siendo Buen Pastor en el día a día, encontraremos en el ejercicio de la caridad pastoral esa unión tan necesaria de vida y acción y hallaremos el vínculo de la perfección sacerdotal.

Después, el texto nos muestra unas claves unificadoras. Nos pide que nos esforcemos en vivir la Eucaristía, reproduciendo el sacrificio de Cristo en el altar, en la entrega diaria a los demás. Sacrificando nuestra vida por los demás. Pero esto no lo vamos a lograr si no penetramos, por medio de la oración en el misterio de Cristo entregado. No hay entrega si nos encerramos en nosotros mismos.

Finalmente, nos propone un modo de actuar. La fidelidad a Cristo no puede separarse de la fidelidad a la Iglesia. Así, pues, la caridad pastoral nos pide que, para no correr en vano, trabajemos siempre los presbíteros en ‘unión de comunión’ con el Obispo y con los otros hermanos sacerdotes. Actuando de esta manera, es como los presbíteros hallaremos la unidad de nuestra vida en la unidad misma de la misión de la Iglesia, y así estaremos unidos al Señor.

Hermanos, sabéis que esta celebración debía ser la mañana del Jueves Santo, pero los motivos pastorales hacen que la celebremos el Martes Santo. Cada vez que celebramos la Eucaristía, resuena el eco de todos los lazos tejidos con la vida de nuestra comunidad. Cuando celebramos la Santa Misa, nunca estamos solos, aunque seamos muy pocos, porque llevamos el polvo de los pies de todo el mundo.

Pensad que cada vez que comienza esta Sagrada Cena, la mirada de Cristo planea compasiva ante todos los que están como ovejas sin pastor, y fijará su mirada sin duda en la oveja perdida o en el hijo que huyó del calor del hogar del Padre, o en aquel que no puede levantarse de la vera del camino, por donde transitamos todos… por eso los que venimos a participar diariamente del Cuerpo y la Sangre del Señor, no podemos ser iguales que los que nunca celebran la Misa, tenemos que ser más misericordiosos, más compasivos, más entregados, más justos…

Por eso nosotros los sacerdotes, que consagramos y partimos el Cuerpo de Cristo para alimentar al Pueblo Santo de Dios, debemos de volcar nuestra vida en la Comunidad que nos ha sido entregada y que obedientemente nos ha acogido, y también en la Fraternidad entre nosotros. Reunirnos, rezar juntos, buscar espacios de encuentro y de diálogo, formarnos, buscar nuevos caminos de evangelización y acercamiento a los que no están en nuestras comunidades y descansar juntos, no es una estrategia pastoral, es una realidad espiritual que dimana del mismo corazón de Cristo, de la misma Eucaristía. Eligió a los apóstoles para que estuvieran con él. No vale que cada uno esté por su parte y por su cuenta. Si es así haremos un flaco favor a la evangelización de nuestros pueblos.

Cada vez que consagramos el pan y el vino, cada vez que comemos su Cuerpo y bebemos su Sangre proclamamos: ¡Este es el misterio de nuestra fe! ¡Cuántas veces lo hemos repetido sin quizás darnos cuenta de lo que decimos y de lo que esto conlleva en nuestra vida!

Finalmente, sabemos que en la Iglesia –y también en nuestra Diócesis­-  tenemos muchos y nuevos desafíos, porque vivimos nuevos tiempos y necesitamos nuevas respuestas. Pero muchas veces somos fatalistas: “Ya no se puede hacer nada, tenemos que aceptar la situación a la que hemos llegado, la vida es así…” Muchas veces pienso que si hubieran tenido los mismos sentimientos los primeros misioneros: Pedro, Pablo, Santiago, Juan…  habrían vuelto a sus tareas y lo hubieran dejado todo. Y ellos lo tuvieron mucho más difícil que todos nosotros. Cuando pienso que pintaba un pobre pescador de una tierra remota, llamada Galilea, en la capital del mundo, Roma, predicando a un Jesús de Nazaret, que había resucitado… Lo tuvieron mucha más difícil. Sin duda.

Mirad, si no creemos realmente en el poder de la Palabra de Dios y en sus promesas estamos al borde del pozo del ateísmo, y sobre todo perdiendo el tiempo y perdiendo la vida. Pero el Señor, igual que a ellos, nos pide que volvamos a pescar de nuevo. Y nos volveremos a quejar, quizás con mayor despecho: “No hay posibilidades, hemos gastado ya la vida, no vamos a coger nada, no tenemos repuesto, no hay nada que hacer”. Punto. Y el Señor insistirá: “Echad la red al otro lado”. Quizás es esa la cuestión, que debemos cambiar de lado y dejar tantas inercias que arrastramos del polvo de la historia.

No dejemos ni un día de meditar la Palabra de Señor y así podremos ser de verdad apóstoles y testigos en medio del mundo, ¡no con miedo al mundo! No se trata de hablar mucho, sino de irradiar a Cristo, que es el que nos envía, no se nos olvide. Cristo que nos reconcilió con el Padre, entregando su vida, nos ha hecho ministros de la reconciliación, no sólo por las horas que podamos escuchar confesiones y perdonando, sino también porque que allí donde hay una disputa familiar, un enfrentamiento entre padres e hijos, o entre vecinos, o entre clases sociales, o entre seguidores de tal o cual partido político, e incluso entre pueblos, allí, debemos de poner paz y concordia entre los enfrentados.

A raíz de lo que os he comentado, quiero terminar con unas palabras de Benedicto XVI a los sacerdotes:

«Cristo, que es el Camino, la Verdad y la Vida, ha de ser el tema de nuestro pensar, el argumento de nuestro hablar, el motivo de nuestro vivir. No antepongáis nada al amor de Cristo. Dios es la única riqueza que los hombres desean encontrar en nosotros los sacerdotes«.

Que así sea para todos nosotros. ¡Ánimo y adelante!

+ Antonio, vuestro obispo

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