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Homilía en la entrega del LIGNUM CRUCIS a la parroquia de San Sebastián

Hoy, celebramos la Santa Cruz de Pascua, en nuestra comunidad parroquial. Y estamos llamados por un sorprendente descubrimiento. Eduardo un día pidió por internet una cruz de madera para colocar sobre ella un crucificado de bronce que compró a un anticuario. Llegó la cruz con un pequeño relicario de plata incrustado en el centro, pero era más pequeña de lo que pensaba. Aunque guardaba una gran sorpresa. El pedestal tenía un espacio oculto. Con la ayuda de su amigo Manuel encontraron un documento en latín, escondido en el cajoncillo del pedestal, donde certificaba que las dos pequeñas astillas que guardaban el relicario eran “partículas de la verdadera Cruz de Nuestro Señor Jesucristo”. “Auténtica” del cardenal Alexius Armando Charost, arzobispo de Rennes, el 28 de enero de 1924.  Después de una exhausta investigación sabemos que en 1942 la cruz estaba en Coria y desde 2024 en Almería.

Sabemos que Dios nos ha hablado de muchas maneras, hasta que al final de los tiempos lo ha hecho por medio de su Hijo Jesucristo (Cf. Hb 1,1). Es la única revelación. Pero en la vida nos encontrarnos con signos sensibles, carambolas de Dios, que nos ayudan a acercarnos más al Evangelio, si no fuera de esta manera podríamos caer en supersticiones o idolatrías. Las pequeñas astillas de la Cruz de Cristo, nos ha de llevar más profundamente hacia él.  Mirad en ellas a Cristo en la Cruz. En él Dios se ha identificado con toda nosotros la humanidad peregrina, y con todas las realidades que vivimos. Nadie puede decir que ha sido peor tratado que el Hijo de Dios. Por eso en su último aliento de vida, pudo decir a su Padre: “Todo está cumplido” Jn 19,30

Porque él ha compartido su infancia en la intimidad familiar del hogar de José y María en Nazaret. Con sus padres ha ido a los doce años como cualquier niño en peregrinación al Templo.

Él, ha convivido con sus vecinos: con los jóvenes que cantaban en la plaza del pueblo, o entristecido ha participado de los funerales, y seguramente entablaba conversaciones con los que le hacían algún encargo en el trabajo de la madera.

Él convivía con sus amigos, era invitado a las bodas, como las de Caná, o discutía con ciertos convidados fariseos, como en casa de Mateo.

Él nunca permaneció indiferente delante de los enfermos o de las personas que sufrían por cualquier causa, o de las viudas preocupadas por su soledad y su porvenir, o de la pecadora, o la samaritana. Tenía palabras de consuelo para todos.

Por eso todos los gestos humanos tienen sentido en la Cruz. Y comparte la soledad de tantos hombre y mujeres en el curso de los siglos: «En tus manos encomiendo mi espíritu» rezaba en sus últimas bocanadas de vida con el salmo 31:

Mi vida se gasta en el dolor

soy la burla de mis enemigos

la irrisión de mis vecinos

el espanto de mis amigos

Él, no es ajeno al sufrimiento de cada uno de nosotros, ni de los hombres y mujeres de todos los tiempos, en su cuerpo herido, enfermo, rechazado, humillado o hundido en el dolor. Él ha compartido tanto abajamiento en el Huerto de los Olivos, en las torturas que le infligen los soldados del Pretorio y en el camino del Calvario, clavado sobre una cruz, como cualquier criminal, hasta los límites de la tortura y hasta los límites humanos, pero injustamente acusado.

Nadie podemos decir a Dios: Si tú supieras… O más aún: Dios me ha abandonado, está lejos de mí. No. Comprendamos el misterio del crucificado, de toda la vida de Cristo, desde la palabra del evangelista Juan: “El Verbo, la palabra de Dios, estaba junto a Dios, El Verbo era Dios… en él está la vida, y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en la tiniebla y la tiniebla no lo recibió. El verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros y hemos contemplado su gloria” Jn 1,1-5. 14 Estas pequeñas astillas son un faro de luz para la ciudad de Almería.

Hoy la Iglesia Ortodoxa está celebrando el Viernes Santo. En la Liturgia Divina de los ortodoxos, el sacerdote en la celebración de la misa eleva la cruz con el crucificado, bendiciendo en las cuatro direcciones del espacio cantando “Kyrie eleison” mostrándonos así que Cristo, en las horas de la cruz, ha recapitulado y ha querido unir en su cuerpo y en su espíritu todas las cosas, todo el sufrimiento y todas las ofrendas de la humanidad, en su peregrinaje hacia la vida eterna.

Y colgado de la Cruz, Cristo ha reconciliado en si todas las cosas, ha unido a toda la humanidad afín de permitirnos estar con él, en la casa del Padre y ser coherederos de la herencia del Hijo. La encarnación del Verbo manifiesta el amor de Jesús por nosotros y el amor del Padre que nos lo entrega: “Tanto amó Dios al mundo que nos entregó a su único Hijo, no para juzgar al mundo, sino que por él el mundo sea salvado.”

La trasformación de la muerte en vida, de la pasión y muerte en resurrección, son fruto del Amor, que Dios nos tiene.  No dejéis nunca de meditar sobre el nudo indisoluble que une la celebración de la Eucaristía y el misterio de la muerte en Cruz de Cristo. Cada Santa Misa actualiza el sacrificio redentor de Cristo. La Eucaristía nos recuerda diariamente que nuestra salvación brota del costado de Cristo, cuando el hijo de Dios se somete a la muerte para darnos a cada uno de nosotros, gratuitamente, su vida divina.

Dos fieles de esta parroquia, Eduardo y Manuel, han querido dar su preciado tesoro a la Parroquia de San Sebastián, para que el Pueblo Santo de Dios pueda venerarlo. Aún recuerdo el día que llegasteis emocionados al obispado para enseñarme este gran descubrimiento, os pregunté si lo conocía el párroco, me dijisteis que sí. Desde entonces hasta hoy habéis recorrido un hermoso camino.  Gracias en nombre de la Iglesia de Almería.

Almería 3-05-2024

+ Antonio, vuestro obispo

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