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DOMINGO DE RESURRECCIÓN: «INUNDADOS DE JÚBILO», por Antonio Gómez Cantero

Cuando se cerró el sepulcro ninguno de sus seguidores esperaban nada. Todo eran miedos, caras largas, discusiones y huidas. Las mujeres ya tenían preparado los ungüentos para embalsamar el cadáver. Acciones individuales que nos llevaban al vacío. Pero cuando cada uno de nosotros vivíamos en la tristeza estalló la vida, cuando estábamos incapacitados en nuestros encerramientos, nos cegó la luz, acostumbrados a vivir mirando ciegamente la oscuridad del sepulcro.

El júbilo, esa alegría intensa y comunitaria, aquello que inunda el corazón y no se puede expresar sólo con palabras, saltó por los aires y se difundió, como un desbordamiento de vida, en una explosión de aleluyas. En la liturgia cristiana conservamos como un tesoro tres palabras heredadas de la tradición judía: amén, hosanna y aleluya.

Halell, son los seis salmos del 113 al 118 que se rezan en la Pascua judía, los mismos que cantó Jesús con sus discípulos después de la Última Cena: ¨después de cantar el himno (halell) salieron para el monte de los olivos” (Mc 14, 26) y después la frustración, el fracaso, la injusticia, las heridas, las acusaciones, el individualismo, la vergüenza, el calvario, la soledad y una muerte ignominiosa.

Y el que yacía entre los muertos, el que había descendido a los infiernos, el que había frustrado las esperanzas terrenas de sus interesados seguidores, estalla como un almendro en flor. Primero nos prepara y nos cuestiona con la tumba vacía, luego pronuncia nuestro nombre ¡María!, y camina a nuestro lado ¡quédate con nosotros!  y nos busca en el cenáculo, come con nosotros, deja que palpemos sus heridas, nos invita a echar la red al otro lado, y nos pregunta lo esencial: ¿me amas?

No es extraño que, como los primeros cristianos, en esta larga y sagrada tradición cantemos ¡Aleluya! es decir, ¡Alabad al Señor! Quizás debíamos caer en la cuenta cómo la resurrección nos unifica y nos hace buscarnos. Los que habíamos huido a nuestras tareas particulares volvemos al seno de la Iglesia congregada, los que teníamos un corazón arrugado o plegado sobre nosotros mismos, nos brota un cántico nuevo.

Tanta alegría no se puede callar, no es tiempo de silencios, aunque no podamos balbucearlo con palabras, nuestra vida expresa un gozo intenso que sobrepasa cualquier individualismo. Surge la vida comunitaria como una vida en Cristo y para los demás. El aleluya que cantamos nos recuerda que pertenecemos a un pueblo y hace que nos abracemos y saltemos de júbilo. El Amor de Dios se ha derramado y ha dado sentido a nuestra existencia.

A partir de la resurrección cobran sentido tantos plurales imperativos, como nuevos mandamientos: cantad, echad la red, mirad, corred, comed, salid, servid, buscad, alabad, amad… ¡nosotros! los del Padrenuestro. A partir de aquella mañana del primer día de la semana, adquiere sentido la vida comunitaria. A partir de aquella mañana el mandato es echad las redes y pescad… nada de encerraos en el cenáculo, no salgáis, no volváis de Emaús. A partir de ahora todas las semanas son santas.

¡Caminemos unidos! ¡El Señor, sale a nuestro encuentro y camina a nuestro lado! ¡Ánimo y adelante!

+ Antonio, vuestro obispo

 

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