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Carta de D. Antonio en el día de la Iglesia Diocesa: ¡GRACIAS!

Muchas veces, en nuestra infancia, leyendo los libros de aventuras, nos encontrábamos con el famoso mapa del tesoro enterrado en una isla o en un paraje ignoto. Siguiendo unos caminos señalados por una línea discontinua se llegaba al lugar marcado con una “X” en donde se escondía el buscado tesoro.

La campaña de la Conferencia Episcopal para percibir fondos de ayuda es similar, y como Los cinco y el tesoro de la isla de Enid Blyton, la aventura de búsqueda está servida. Al final, después de un largo recorrido, descubrimos que el tesoro somos nosotros mismos, como ocurre en el cuento judío de Erick, el zapatero remendón.

Las formas de colaboración son muy variadas. La económica resulta fundamental, con las colectas, cuotas periódicas, legados, herencias y con la propia «X» en la declaración de la renta. Pero no podemos olvidarnos del tiempo, de las cualidades y de la oración de todos los fieles, que resultan igualmente trascendentales para el sostenimiento de la actividad de la Iglesia.

Los bienes materiales son necesarios como medio para cumplir una misión divina: el anuncio del Evangelio. Conscientes de la importancia de gestionar adecuadamente esos recursos, desde hace una veintena de años la preocupación de nuestras diócesis, en España, es la transparencia, Una casa de cristal, reza el libro, sobre este tema, de los servicios económicos de la Conferencia Episcopal. La misma Iglesia, es decir, el pueblo de Dios: laicado, vida consagrada y clero, se sustenta a sí mismo. Nosotros mismos damos los donativos, de distintas maneras, que sostienen el tapiz de la vida comunitaria.

El sostenimiento de las tareas pastorales, caritativas y asistenciales, celebrativas y litúrgicas, formativas y educativas, de mantenimiento del clero y del patrimonio…, sale de las economías personales, familiares y de algunas instituciones que apoyan diversos proyectos sobre todo asistenciales y del patrimonio. Por eso, el Día de la Iglesia Diocesana es una oportunidad para dar las gracias, de corazón, a todas las personas que colaboran, según sus posibilidades, con su tiempo, cualidades, oración y aportaciones económicas.

Hoy, en todas nuestras diócesis, respirando el aire renovado de la sinodalidad, las economías también deben imbuirse de este viento fresco que abra las puertas de nuestra casa y muestre el modo de gestionar los bienes, que proceden de todos y que a todos deben servir. Esta es nuestra tarea, esta es nuestro camino trazado.

¡Animo y adelante!

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