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«Una civilización sin Dios y sin Cristo ignora lo fundamental de su origen y su destino»

HOMILÍA EN EL SEGUNDO DOMINGO DESPUÉS DE NAVIDAD

Lecturas bíblicas: Eclo 24,1-4.12-16. Sal 147,12-15.19-20 (R/. «El Verbo se hizo carne y acampó entre nosotros»). Ef 1,3-6. Aleluya: 1Tm 3,6 («Gloria a ti, Cristo…»). Jn 1,1-18.

Queridos hermanos y hermanas:

El evangelio de este segundo domingo después de Navidad vuelve a ser el que escuchamos en la Natividad del Señor, centrado en el misterio del Verbo de Dios hecho carne. Es el prólogo con el que san Juan introduce a la lectura de su evangelio, una recapitulación de la fe en el misterio de la Navidad. Con la proclamación de este evangelio la liturgia de la palabra viene a afirmar una vez más que el Verbo de Dios es el secreto de la historia del mundo creado, porque «todo fue hecho por él, y sin el Verbo de Dios no fue hecho nada de lo que se ha hecho» (Jn 1,3). Se trata de una aseveración central en el anuncio de Cristo. Todo tiene en el Verbo de Dios su consistencia (cf. Col 1,17). Este ha sido el designio de Dios que da al mundo su razón de ser y orienta nuestro destino. Dice san Pablo que «somos hechura suya, creados en Cristo Jesús» (Ef 2,10) conforme al designio de Dios su Padre. Jesús es el Verbo encarnado y se ha manifestado al mundo como quien de verdad es: el mediador de la creación y de la salvación, porque fuimos creados en él y por él hemos sido salvados. Una civilización sin Dios y sin Cristo ignora lo fundamental de su origen y destino y está llamada al fracaso y su futuro es la muerte de una generación tras otra, y por esto mismo sustraer el anuncio de Cristo a los hombres que no le conocen o le ignoran, a pesar de haber nacido cristianos, es abandonar el cometido fundamental de la misión de la Iglesia.

Una civilización sin Dios y sin Cristo ignora lo fundamental de su origen y destino y está llamada al fracaso y su futuro es la muerte de una generación tras otra

Las lecturas de este domingo que preparan la proclamación del evangelio nos ayudan a comprender mejor su contenido revelado. El libro del Eclesiástico habla de la sabiduría que hace su propio elogio y se manifiesta al pueblo de Dios y es alabada y ensalzada por la congregación de los santos y la muchedumbre de los elegidos, bendice a su pueblo y es bendecida por los que son benditos como miembros de este pueblo santo. El Eclesiástico, como otros libros sapienciales, hablan de la sabiduría dándole rasgos personales e incluso con rasgos divinos , pues realiza acciones que en el Antiguo Testamento son propias de Dios. La sabiduría es descrita cubriendo la faz de la tierra como el “viento de Dios” que en el origen de la creación se cernía sobre la muchedumbre de las aguas , que los padres de la Iglesia antigua interpretaron como el espíritu de Dios . Se identifica con la columna de nubes que guiaba a los israelitas a través del desierto (cf. Ex 13,21-22) . Por eso ha podido ser vista como prefiguración del Verbo de Dios, por el cual todo fue hecho ; y su radicación en la morada de Israel, figura de la encarnación de la Palabra de Dios, que vino a habitar entre nosotros, poniendo su morada en nuestra carne .
Si todo, en verdad, fue hecho por el Verbo de Dios, no es posible comprender el mundo y la vida de los humanos al margen Dios revelado en Jesús. El Hijo de Dios es la sabiduría del Padre y, por su encarnación, esta sabiduría divina se ha manifestado dándonos a conocer el misterio escondido durante siglos en Dios: que el amor de Dios abraza a todos los hombres, y este es el contenido del evangelio que la Iglesia ha de predicar al mundo llevándolo a las naciones. En la preparación de la Navidad, en los últimos días del Adviento, porque Jesús es la Sabiduría de Dios que viene a salvarnos es invocada en la liturgia de la Horas y contemplada brotando de los labios del Altísimo, abarcando y ordenando todo con firmeza . Las Iglesia alaba así la sabiduría divina que ve encarnada en Jesús, en quien Dios le ha entregado a la humanidad la Palabra que instruye en el camino de la salvación (cf. Sb 6,17-18). Jesús ha venido a enseñarnos el camino que él mismo es para llegar a Dios, no hay otro camino, porque él es el camino, la verdad y la vida del mundo (cf. Jn 14,6).
La lectura que hemos escuchado de la carta a los Efesios es de gran hondura y abunda en una explicación riquísima del misterio de Cristo. Expone cómo hemos sido bendecidos en Cristo: Dios nos eligió en Cristo «antes de la creación del mundo» (Ef 1,4a), y el mundo fue creado para el hombre conforme al relato de la creación del Génesis. Una elección con el destino de «ser santos e irreprochables en su presencia, por el amor» (Ef 1,4b). Este designo divino hubiera fracasado sin la previsión de Dios, por eso Dios al crearnos en su infinita sabiduría previó que el hombre sería pecador y se volvería contra él, y quiso recuperarlo por el amor para el que había sido creado, para que no pereciera para siempre. El fin último de nuestra predestinación es que hemos sido «elegidos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo» (v. 1,5). Así Dios, lleno de misericordia, otorga a quienes vienen a la fe en Cristo y son regenerados en él mediante la configuración con su muerte y resurrección en el bautismo, que marca para siempre su vida.

No nos es posible vivir sin Dios y sin Cristo, cuando hemos conocido que la razón profunda de la encarnación del Verbo de Dios es devolvernos la vida que sólo Dios nos puede dar.

Hemos sido creados en Cristo y recuperados del pecado y redimidos por Cristo al precio de su sangre. Dios es amigo de todos los seres humanos, porque han sido todos amados por él, y la perdición es consecuencia del alejamiento de Dios y de la ruptura del hombre con su creador y redentor. No nos es posible vivir sin Dios y sin Cristo, cuando hemos conocido que la razón profunda de la encarnación del Verbo de Dios es devolvernos la vida que sólo Dios nos puede dar. Ciertamente, la estrategia del Maligno es apartar al hombre de Dios, arrastrarlo a la perdición disfrazando de bien el mal, lo ha hecho desde el comienzo de la humanidad, induciendo al pecado a nuestros primeros padres. Por eso, la luz que Jesús ha venido a traer a la tierra ilumina la mente y el corazón de cada ser humano para que vuelva a distinguir el bien del mal, elija el bien y alcance la salvación. Las tinieblas han intentado siempre ofuscar la luz y apagar el pábilo vacilante, Cristo es la luz que brilla en las tinieblas y las tinieblas no lo recibieron (cf. Jn 1,5); pero en la encarnación del Verbo se ha manifestado que la victoria de Cristo sobre las tinieblas se revela en que, por su muerte y resurrección, hemos recibido la filiación divina que Cristo con su redención ha hecho posible para nosotros.
Así, pues, como acabamos de ver por la carta a los Efesios, estábamos destinados a ser hijos adoptivos de Dios y este destino de gloria lo perdimos por el pecado. Aun así, lo que perdimos por el viejo Adán pecador lo hemos recuperado por Cristo nuevo Adán, porque si por el delito del viejo Adán todos fuimos destinados a la muerte eterna, dice san Pablo: «¡cuanto más la gracia de Dios y el don otorgado por la gracia del hombre Jesucristo se han desbordado sobre todos!» (Rm 5,15).

Las naciones que han sido cristianas, que tienen una historia y una cultura inspiradas por la fe cristiana, corren hoy el riesgo de perder su identidad por su actual tendencia a la apostasía, las sociedades de los países cristianos de occidente se han alejado mucho de sus propias raíces y han dejado de alimentarse de la savia de la fe en Cristo.

Esta es la razón por la que dice el evangelio de san Juan que a cuantos por la fe reciben a Jesús, les da poder para venir a ser hijos de Dios (cf. Jn 1,12). Haciéndose hombre, el Verbo de Dios se hizo uno de nosotros, para hacernos partícipes de su plenitud, de la cual «todos hemos recibido gracia tras gracia: porque si la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo» (Jn 1,17). Jesucristo es el fundamento y razón de nuestra esperanza, y si dejara de ser así, ya no seríamos ser cristianos. Las naciones que han sido cristianas, que tienen una historia y una cultura inspiradas por la fe cristiana, corren hoy el riesgo de perder su identidad por su actual tendencia a la apostasía, las sociedades de los países cristianos de occidente se han alejado mucho de sus propias raíces y han dejado de alimentarse de la savia de la fe en Cristo. Hoy la fe cristiana está sometida a la dura prueba del indiferentismo y del agnosticismo fuertemente materialista y hedonista de la cultura actual. Por eso, tenemos que afrontar este desafío, si queremos anunciar a Cristo y recordarles a todos cuantos se han alejado de la fe que «Jesús es el mismo ayer, hoy y por los siglos» (Hb 13,8), y él nos ha prometido que estará con sus discípulos hasta el final de los tiempos (cf. Mt 28,20).
Quiera el Señor que por la celebración de la Eucaristía se fortalezca nuestra fe en Cristo, que ha de nutrir e inspirar nuestra esperanza y nuestra caridad cada día. Pidamos a la Madre del Señor y a san José que intercedan para que cuantos hemos recibido desde la infancia la fe cristiana no abandonemos a aquel en quien hemos sido creados y redimidos. Jesucristo nuestro Señor.

S.A.I. Catedral de la Encarnación
3 de enero de 2021

+ Adolfo González Montes
Obispo de Almería

Ilustración. JESUCRISTO en «Cristo y el joven rico» (1890), de Johann Hoffmann.

 

 

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